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De una pieza (I): La extracción de la piedra de la locura, de Jheronimus van Aken, el Bosco

El Museo del Prado (I)

No se trata de hablar de arte, sino de hacer turismo, en concreto esa forma de turismo sana y edificante que consiste en ir a mirar, observar lo que no se conoce, descubrir lo que ni siquiera se podía imaginar. La puerta de los Jerónimos del Museo del Prado goza de una cierta intimidad, lejos de las largas colas que rodean la fachada oeste del edificio, parece como como si la hubieran horadado en un pliegue de colinas ajardinadas en cuyas cimas se yerguen los edificios de San Jerónimo el Real y la Real Academia de Lengua, y a su cobijo alberga a un guitarrista clásico que, cuando no llueve, toca ante la mirada curiosa de las cámaras de los turistas. Junto al museo, que cumple ahora doscientos años, crecen los árboles del Real Jardín Botánico, y el circense Paseo del Prado con su Neptuno y su Cibeles, configurando así uno de los pocos espacios verdaderamente civilizados de la ciudad de Madrid.

A la pinacoteca vamos porque hay que ir, a ver lo que hay que ver para poder contar que hemos estado donde que había que estar, pero también se puede -se debe- ir a mirar, a intentar entender, a dejar correr ese viento que nos mece, que matiza nuestro rumbo. Hay que observar de cerca las pinceladas borrosas que configuran un rostro de Los fusilamientos, ver las Meninas como un objeto en el espacio de la sala en la que se expone, mirar un cuadro y dejarse llevar por él como quien se deja llevar por una composición musical o por el universo de un libro, y luego atreverse a intentar entenderlo y volver a él una y otra vez, y por el camino mirar alrededor y descubrir lo que no se conocía, el disfrute de acercarse a una obra por primera vez, completamente a solas, sin siquiera contexto, intentando no mirar el cuadro explicativo que hay junto a ella, el gesto íntimo de partir de cero y luego adentrarse, empaparse de toda la bibliografía posible, leer y mirar, disfrutar.

Por las salas del Museo del Prado se puede caminar a un ritmo sosegado, libre ya de los ruidos fragorosos de la ciudad. Estas páginas surgen de la obsesión por intentar entender, pero también del disfrute pacífico que surge en los templos del conocimiento, las pinacotecas, las bibliotecas y las librerías, los auditorios y las salas de conciertos, los laboratorios e incluso me atrevería a decir que los bancos de los parques y los asientos de los trenes. No se trata de hablar de arte, sino de mero disfrute, de sano y edificante turismo.

La extracción de la piedra de la locura

Jheronimus van Aken, el Bosco (Bolduque, 1450-1516)
1501-1505. Óleo sobre tabla de madera de roble. 48.5×34.5 cm.

La obra de Jheronimus Bosch sigue hablando más de cinco siglos después de su muerte. Atrapa al espectador gracias a ese universo tan peculiar sus personajes, a la inventiva con la que crea un mundo fuera de lo común. Pero más allá de su lenguaje, lo que compone son mensajes claros, lecciones morales y críticas a la sociedad que a día de hoy siguen estando vigentes -no dejen de admirar El carro de heno o Las tentaciones de San Antonio Abad además del archiconocido Jardín de las delicias-.

El carro de heno (detalle), El Bosco
El carro de heno (detalle), El Bosco

Según el inventario de los bienes de Isabel de Castilla, realizado poco después de su muerte, en 1505, ya había en la corte española una obra del Bosco. En septiembre de 1504, el propio Felipe el Hermoso realizó un encargo, una tabla con el tema del juicio final, aprovechando que se encontraba reuniendo a sus tropas en Bolduque. El Bosco ya era un artista conocido internacionalmente, demandado en las cortes Europeas.  De aquella época data La extracción de la piedra de la locura, rara dentro de la obra del Bosco porque se sale del tema bíblico y porque, además, se trata de su tabla más pequeña. Si el lenguaje del Bosco es complejo, este cuadro puede suponer la aproximación perfecta para adentrarse en él, por su sencillez rica y por su mensaje actual.

En la escena aparecen solamente cuatro personajes. En el centro de la historia tenemos a un paciente que se somete a una intervención quirúrgica. Por la inscripción sabemos de quién se trata: “Mi nombre es Lubbert Das”. Lubbert Das es el nombre del personaje del cuadro y además se trata de un personaje de la tradición literaria germana cuyo nombre traducido significa “tejón castrado”. Junto a él, encontramos quien practica la intervención: un médico que en realidad no es tal, se trata en el fondo de un estafador, o un ignorante, como así nos lo hace saber el embudo invertido que lleva a modo de sombrero. Apoyándose en la mesa encontramos a un fraile, hombre de dios que sin embargo porta un pichel de cerveza indicándonos sus inclinaciones terrenales. Y junto a él tenemos a una monja, con un libro cerrado sobre la cabeza, que sugiere una falsa ciencia o una ignorancia.

En el renacimiento dominaba la creencia de que la demencia era resultado de la formación de estructuras minerales que presionaban el cerebro. Una forma de cura sería, en teoría, la intervención quirúrgica para la extracción de esta piedra. Esta intervención ha sido plasmada pictóricamente, entre otros, por autores como Jan Sanders van Hemessen en El cirujano (también en el Museo del Prado).

El cirujano, de Jan Sanders van Hemessen
El cirujano, de Jan Sanders van Hemessen

En la obra del Bosco, el médico trepana la cabeza del paciente pero no extrae piedra de la locura alguna sino una flor. Quienes han identificado esta flor con un tulipán, ven en ella el símbolo de la riqueza con la que el Bosco nos sugiere que el supuesto médico es en realidad un estafador y que lo que le quita al paciente no es la piedra de la locura, sino su dinero. Le está robando. Sin embargo, según cuenta Pilar Silva, jefe del Departamento de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte del Museo del Prado, las flores que aparecen en el cuadro no son tulipanes, sino nenúfares -el primer tulipán holandés floreció en 1594 en el jardín medicinal de la Universidad de Leiden-. Según esta lectura el médico lo que hace es privar de sus impulsos sexuales al paciente, le está castrando tal y como hemos dicho que indica su nombre, lubbert das (tejón castrado).

Sin tener un conocimiento científico avanzado, hace quinientos años, la tradición ya intuye que el comportamiento (el alma) parece estar en la cabeza. Es llamativo también cómo, precisamente sin ese conocimiento científico, el Bosco nos llama la atención sobre peligrosos curanderos. Han pasado cinco siglos y en nuestro mundo proliferan las terapias milagrosas, los hechizos, los remedios alternativos inspirados en conocimientos que se hunden en la distancia y en el tiempo para que no se descubra que no son tales, medicina tradicional china, explicaciones cuánticas, cartas del tarot. En las salas del Museo del Prado, discretamente apartado, junto a la entrada a la sala donde se congrega el tumulto para ver las obras más importantes del Bosco, Lubbert Das se recuesta en una silla y mira directamente al visitante que quiera fijarse, con la boca entreabierta, como esperando una reacción, si acaso un despertar.

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