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El bosque de la noche, de Djuna Barnes

Título: El bosque de la noche

Autor: Djuna Barnes

Año de publicación: 1936

Nº de páginas: 192

El bosque de la noche, según los entendidos, es una obra capital del siglo XX, y estoy de acuerdo. Si en ese siglo se escribieron y editaron millones de novelas, yo esta obra la sitúo entre las 100 mejores de la citada centuria.

Con un comienzo titubeante en el que se describen hechos que para nada afectan a lo que vendrá después, Barnes, haciendo uso de un lenguaje barroco y cargado de metáforas, nos cuenta los actos de un extraño cuarteto amoroso en el que la pieza angular es Robin, una joven que, según sea descrita por un personaje u otro, o por el narrador, a veces es mujer y a veces hombre. En el plano amoroso, como ya dije, Robin es la pieza angular, ya que toda la trama gira alrededor de su persona y de sus cuitas amorosas; luego está el modo de girar de todo eso, y es ahí donde acapara gran parte del libro otro personaje, el doctor Matthew O’Connor, cuya presencia ante Nora y el barón Felix (amantes en sus debidos momentos de Robin, la cual a este último ha dado un hijo) sirve para que se gesten unos diálogos que al lector le parecerán muy profundos y poéticos. En ellos se habla de Robin, y sobre todo de su actitud, indiscernible para todos, y de sus éxodos en la noche, momento de la vida, según Barnes, en el que el hombre se desprende de su máscara y se hace más animal. Estos diálogos abarcan varios capítulos, y bien analizados, son forzados y artificiales. Pero el lector no tarda en darse cuenta de por qué son así, y es que estamos ante una obra a medio camino entre la novela y la pieza de teatro. El lenguaje es sublime, de bellísimas metáforas que recuerdan al teatro isabelino. Esta obra, muy hermosa, tanto que llega a asombrar en ese aspecto, filosofa sobre la homosexualidad, sobre la noche, sobre el devenir de la vida, representado esto en Robin, quien siempre o casi siempre es mirada desde la perspectiva de otros, en un extraño modo de hacer uso del estilo libre indirecto que tiene la autora, ya que a ella, Robin, la dialogan. También nos habla de ese componente errático, casi de desperdicio, que queda adherido en la vida de cualquiera.

Todo eso y mucho más cabe en menos de 200 páginas. Para acabar, voy a decir que vale la pena adentrarse en el bosque mental, tan poderoso, de Djuna Barnes.

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