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De mayor quiero ser

Por fin había llegado el día esperado. El sol acompañaba con sus suaves rayos acariciando los árboles, que parecían estar más calmados que de costumbre. Pero toda esa tranquilidad contrastaba con el interior de las casas. Era un día especial, no sólo porque se acababan los días de clase y comenzaban las ansiadas vacaciones, sino porque Javier y sus compañeros de tercer curso habían sido elegidos para poder leer sus redacciones tituladas: «¿Qué te gustaría ser de mayor?» 

Javier se había levantado temprano, apenas había dormido unas horas por los nervios. Esa mañana, ni siquiera su madre tuvo que despertarlo, como de costumbre. Se vistió cuidadosamente, pero con rapidez, ya que había dejado la ropa preparada la noche anterior. Desayunó tranquilo y se dirigió al colegio. Las amapolas lo acompañaron durante todo el camino. Sintió un nudo en el estómago y aceleró el paso. No quería llegar tarde. 

Casi todos los asistentes eran alumnos del colegio. Estaban felices, por fin se acababa el curso. Estaban esperando a que abrieran las puertas del Salón de Actos y, lo que al principio empezó siendo un murmullo, fue creciendo, fruto de la tensión del momento. Por fin, se abrieron las puertas y los alumnos en tropel entraron. Eran las doce del mediodía. Todos los niños que iban a participar leyendo sus redacciones estaban en una sala vestidos para la ocasión y, se notaba en el ambiente una mezcla de nervios, ilusión y ganas de salir ya. 

A Javier le dudaban las manos y sentía la boca seca. Sentado en un rincón repasaba su redacción atentamente, como si fuera la primera vez que la leía. Alguien se asomó por la puerta y le dio el aviso que tanto esperaban. 

Se dirigieron por el pasillo hasta la entrada al escenario. Se oía al director, el señor Esteban, terminando su discurso de presentación. Un fuerte aplauso de los asistentes anunció el final de la espera. ¡Qué nervios! 

La primera en salir a leer fue Laurita. Sus padres eran los dueños de la única tienda de alimentos que había en el pueblo y, por eso, se creía más importante que los demás niños. Al salir, lanzó a Javier una mirada de superioridad que le hizo retroceder para cederle el paso. 

—De mayor quiero ser la dueña de todas las tiendas del pueblo y tener una casa enorme —decía mientras los niños hacían gestos de burla. 

Uno a uno, fueron saliendo y leyendo sus trabajos con orgullo. Policías, arquitectos, abogados, millonarios, todos estaban convencidos de lo que iban a ser de mayores. Y por fin le llegó el turno a Javier. 

—De mayor quiero ser… —dudó un segundo. Ahora no le parecía tan buena idea haber escrito eso. Tragó con dificultad y balbuceó de nuevo. 

—De mayor quiero ser… —se armó de valor, total, qué más da, si se ríen que se rían, pensó. Respiró fuerte y cogió carrerilla. —¡De mayor quiero ser reloj! —gritó y, sin apartar lo ojos del papel, siguió leyendo—. De mayor quiero ser reloj, porque así podré retroceder en el tiempo. Volver a esos momentos de la vida en los que he sido feliz, con mis padres, con mis hermanas, con mis amigos. Yo no quiero tener mucho dinero si luego no tengo tiempo para gastarlo, ni puedo ver a mis hijos, ni disfrutar de mis seres queridos, ni disfrutar de la vida.

El silencio en el salón era abrumador. 

Cuando terminó de leer, Javier tardó unos segundos en separar la vista del papel. Tímidamente miró hacia adelante esperando la carcajada de todos los que allí estaban. Nadie hacía ni decía nada, se miraban los unos a los otros con cara de asombro. Estaba a punto de salir corriendo lleno de vergüenza cuando, poco a poco, el público se fue levantando y aplaudieron con tanta fuerza, que al final les dolían las palmas de las manos. Javier estaba aliviado, más que contento. Él sólo había escrito lo que pensaba. 

Cada cual que saque su propia reflexión. 

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