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Carta de la amistad

«A quien quiera leer esta carta:

Mi nombre es Alejandro y tengo 10 años. Hace unos meses que mi familia y yo nos hemos cambiado de casa. Antes vivíamos en un pueblo a las afueras de Madrid, pero a mi padre le cambiaron de trabajo y por eso hemos venido a la ciudad, a vivir con mis abuelos. Ahora todo es distinto, mis padres nunca están en casa y cuando llegan de trabajar están tan cansados, que se quedan dormidos viendo la tele. No es que no quiera a mis abuelos, pero echo de menos a mis padres, ya nunca puedo hablar con ellos. Antes, mi madre me preparaba la merienda y hablábamos de cómo nos había ido el día. Luego,  íbamos a buscar a mi padre al trabajo y volvíamos dando un paseo. Me quedaba a jugar al fútbol con mis amigos en la plaza del pueblo hasta la hora de cenar. Echo de menos a mis amigos, a Germán, a Elena, a Ricardo… Aquí en Madrid todo el mundo va tan deprisa que nadie te ve, y tampoco te escuchan.En el colegio nuevo todavía no tengo amigos. Hay un niño, Hugo,  que siempre se mete conmigo, me llama «cara sandía». Siempre está haciendo tonterías y muchos niños le ríen las gracias. Hay otros que no, pero no quieren que la tome con ellos si les ve hablando conmigo. Así que, en el recreo me siento en un rincón y me entretengo en mirar cómo juegan los otros niños. Mi profe Ana es muy maja y se porta muy bien conmigo, pero Hugo me dice que si soy el perrito faldero de la profe, y yo no quiero que los demás piensen eso. Una vez vi en la tele que en un colegio habían puesto un «banco de la amistad», con  muchos colores, para que los niños que no tuvieran amigos se sentasen allí y que los otros niños fuesen a hablar con ellos. Estaría genial que en el cole nuevo pusieran uno, pero seguro que Hugo lo fastidiaría todo. ¿Y si pusieran por toda la ciudad muchos bancos de colores? Cientos, miles de bancos, así nadie estaría solo y además la ciudad quedaría muy colorida, no tan gris como ahora. Y podrían pintar mariquitas de colores en el suelo y en las paredes, mariquitas rojas, verdes, azules y amarillas. 

Pero yo no he visto ningún banco de esos, así que he pensado escribir una carta para el que quiera leerla. En realidad he escrito muchas en los recreos. Las voy a dejar en todos los lugares que se me ocurran, en el parque, en el colegio, en la biblioteca, en la panadería… en todos lados. Si estás leyéndola ya sabrás que me llamo Alejandro, tengo 10 años y me gusta jugar al fútbol, me gusta hablar, pero también me gusta escuchar. Así que, si quieres un amigo  sólo tienes que responder a esta carta. 

Seguro que seremos los mejores amigos del mundo».  


Después de ese día Alejandro recibió muchas cartas de otros niños que querían ser sus amigos.

«El silencio también habla si queremos escuchar».
No al aislamiento infantil. 

FIN 

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