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Amando en silencio

Una noche más, otra más, detrás de esta barra que me está quemando la vida. Son ya ocho años de camarero encargado, de chico para todo, de nada de nada al fin y al cabo. “Los sueños de Fifí” no es más que un antro desgastado por el tiempo, en un barrio no recomendable y de clientela poco exigente. La tal Fifí dirige el “espectáculo” que cada noche es más triste, si eso se puede, en un escenario decrépito y oscuro, en donde la tarima del suelo cruje con solo estornudar. Luisa, la única vedette de los sueños, ya no es ninguna jovencita, pero se las apaña para defenderse a ritmo de una música de otros tiempos, agarrada a una barra que algún día vencerá, con unos vestidos de “gala” pasados de moda y un público soez y grosero hasta decir basta.

Varias mesas rodean el tablado, aparte de los taburetes repartidos por mi zona de confort, aunque una de ellas es lo que hace este sitio especial, es la que mantiene mis ganas por volver y es, en definitiva, la que ilusiona que allí alguna vez pueda haber un sueño y no las pesadillas que cada noche pululan por el local. Se encuentra en un rincón, desde donde se puede apreciar la función sin tener que estar mezclado con el pueblo. Ahí, puntual, como todas las noches de jueves, viernes o sábados, que es cuando actúa Luisa, se sienta desde las nueve de la noche a esperar el inicio del mismo Don Félix. Siempre la misma rutina, siempre el protocolo medido, parte por parte.

Desde la entrada, donde hace una primera parada, repasa con la mirada, de izquierda a derecha, el ambiente reinante, acción que no le ocupa mucho tiempo pues tampoco es mucho lo que hay que ver. El grupo de los gordos, como yo les digo por sus barrigas prominentes, el de los trajeados, oficinistas maduros que no tienen quién les espere, y el de los curretas, alguno con la desfachatez de presentarse sin haberse quitado su mono azul de trabajo, son los fijos esas noches. A ellos se les añaden, coincidiendo todos raras veces, parejas confundidas, bebedores solitarios que duran lo justo o más, estudiantes conocedores de los precios baratos y de las calidades espirituales que allí se sirven, espectáculo aparte, y alguna que otra chica de vida difícil que Fifí la deja flotar por las mesas en busca de amor mal pagado.

Tras ese primer vistazo, Don Félix avanza despacio, sin hacerse notar, hasta una esquina de la barra donde, con la misma señal de su dedo índice apuntando hacia el techo, me invita a ponerle su copa de anís, con un solo hielo, lo de siempre. Le calculo que tendrá cerca de ochenta años, quizás alguno más. Pero se defiende. Sombrero gris, gafas de montura de concha gruesa negra, nariz aguileña y rostro enjuto adornado con un bigotito fino. Se cubre el cuerpo con una gabardina larga que apenas deja ver unas manos huesudas, ya cansadas, que siempre agradecen el servicio con una propina. Lleva, como cada noche, una rosa roja envuelta en celofán.

Cuando toma su copa y se vuelve buscando su mesa, los asiduos suelen hacer un silencio respetuoso mientras él avanza con la mirada puesta en la silla en la cual pasará las próximas horas. Una vez se sienta, vuelve el runrún a las conversaciones, los tacos subidos y las risotadas que hacen olvidar el día a día de cada uno. Cada grupo, cada elemento del “teatro” que se desarrolla delante de mí cada noche, hace vida propia, aunque cuenta con la presencia del resto conviviendo en armonía, lo que visto desde fuera pareciera un cuadro al disparate. Fifí se mueve entre ellos animando, riendo, provocando lo que puede y aguantando lo que no debe. Se permite fumar, se permite cantar, hasta se podría permitir el sexo si la intimidad poco importara a los protagonistas. Lo que no se admiten son las peleas, aunque a veces las discusiones con alcohol casi las traigan. Todo por el cliente, porque sin él “Los sueños de Fifí” no tienen salida, ellos son sus pocos sueños y ellos buscan allí los que nunca tendrán.

Son las diez. Puntual, como todas las noches, Luisa conecta el aparato de la música que cada vez suena más cascada, con más “artefactos” de fondo, de tanto usar el mismo disco una y mil veces. Todos se saben de memoria un show que puede sorprender al visitante la primera vez, pero que conforme avanza aumenta la tristeza en el ánimo del que mira, llegando a dar hasta vergüenza ajena. Pero es su vida, es lo que le gusta hacer y tampoco le queda otra a estas alturas de su existencia. Y realmente, cuando sale la veo feliz, exultante, entregada a su público, a ese público que le llena, es un decir, el local en cada una de sus actuaciones.

Tendrá más de cincuenta, si no más de cincuenta y cinco, pero ella todas las noches se arregla como si fueran veinte. Bien maquillada, disimulando ojeras, arrugas, canas, dientes perdidos y hasta una prominente papada. Plumas por los pelos, perlas por un escote generoso, demasiado diría alguna envidiosa, flecos deshilachados rebotando por el vestido blanco que no alcanza más allá de medio muslo donde una liga rosa da un toque distinto al conjunto. De los zapatos mejor ni hablar, pues comenzaron siendo de tacón de aguja, para acabar, hoy, en algo similar a bambas de bailarina, tras los meneos a los que se habían visto sometidos en sus actuaciones.

Una tras otra caen las canciones que tantos años lleva bailando, sin cambiar de repertorio. La mayoría de espectadores se las saben, conocen cada movimiento de baile, aullando como lobos a los cada vez más torpes movimientos de cadera de la gogó, mientras las pocas, hoy ninguna, mujeres asistentes sonríen por no llorar ante el esperpento. Siempre hay un par de temas en el que Luisa se acerca a las mesas contorneándose, haciendo roces en su baile que levantan la veda de tocarla para así permitir, al que le apetezca esta noche, poder introducir algún billete bajo el elástico de su liga, lo cual supone un ingreso extra para ella y uno de los instantes más esperados por todos.

La veo mezclando lástima con alegría, cansancio con esfuerzo, siempre con la cabeza alta e ignorando en todo momento a Don Félix que asiste a su actuación sin perder detalle, sin parpadear, absorto en cada paso que se le ocurre a ella. Él escucha, sin darle más importancia, cómo la piropean de todo, con más o menos gracia, con más o menos finura. Ve cómo atiende cada proposición, indecente o no, con la sonrisa del artista, con la paciencia que él le dio, con la mirada agradecida que siempre tuvo.

Son muchos los que acabada la función se ponen de pie, medio en broma medio en serio, para ovacionar a la estrella de aquel tugurio, para reconocer su arte. Esta parte se alarga el tiempo que ella vea buena predisposición pues, en alguna ocasión, pueden caer unas últimas propinas de un cliente nuevo u otro más emocionado.

Cuando las palmas y vítores se apagan llega el instante más emotivo y por el que yo paro todo, y conmigo el resto de presentes. Un silencio vuelve a reinar en el local para dejar a Don Félix que pueda aplaudir solo, con lágrimas en los ojos, conmovido una vez más, mientras ella, Luisa, su Luisa, se dirige sonriente a ese rincón, su rincón. Baja a su lado dándole tiempo a él a ponerse de pie, lo abraza, le retira un segundo su sombrero, le besa en la frente suavemente, dejándole la marca de carmín que tanta le gusta a él mantener hasta la mañana, y le da un “gracias” apenas perceptible por los que los rodean. Él le entrega la rosa, en un ritual esperado por más que sea conocido, y la deja marchar hacia el camerino no sin antes verla besar la flor en señal de agradecimiento por todo lo que él ha hecho en su vida por ella, por todo su apoyo, por ser el mejor padre que jamás nadie tendrá.

Sin decirse nada más, sin hacer más ruido, amando en silencio, los veo retomar cada cual su vida. Él dirige sus pasos hacia la salida sin volver la vista atrás, sin despedirse de nadie, con su misión cumplida una noche más, contento, satisfecho de volver haber visto a su hija, de volver a tenerla aunque sea un suspiro entre sus brazos.

Al cerrarse la puerta, tras la marcha del anciano, retorna el sonido, vuelve el bullicio entre paredes de fiesta. El paréntesis que todos esperan, la escena que todos desean, el encuentro de amor, ya es pasado, regresando el resto a olvidar de nuevo flotando en sus mundos. Yo vuelvo a lo mío con la esperanza de que mañana vuelva a ocurrir este sueño, esta bonita historia  jamás contada.

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