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Perdido en los años

Noche cerrada de invierno con la lluvia una vez más castigando la acera. La temperatura es gélida, sopla el viento y a la vez que cierro la puerta de la oficina pienso en que antes de llegar a casa debería llegar a comprar unos discos para el ordenador de los que ando escaso. La prisa por si cierran la tienda mezclada con cierto malhumor que hoy manejo, más el frío y el agua que me rodean, me impiden reparar de primeras en las dos figuras que me encuentro nada más salir del portal. De todas formas una de ellas, mi vecina María, no tarda en llamar mi atención.

– José Luis, mira a ver qué quiere este señor que yo no acierto a entenderlo – me dice como buenas noches, escurriéndose acto seguido al interior del portal antes de que la hoja de la puerta que yo abrí le diera tiempo a cerrarse. Me acordé de ella brevemente, y no muy bien pues esta parada aumentaba el estrés que mi prisa, malhumor y las condiciones meteorológicas,  ya de por sí, me habían formado, hasta que resignado levanté la vista hacia el señor que ella me había citado. Allí, bajo un sobrio paraguas negro, elegantemente vestido y pulcramente arreglado, con sus guantes marrones de cuero, extendía su mano oscilante hasta asir mi antebrazo un hombre mayor, de unos ochenta y muchos, que con cara compungida acertaba a balbucear un “me he perdido” que en un principio no entendí, como mi vecina María, pero que rápidamente supe captar en todo su significado. Los ojos de aquel anciano pedían a voces una mano amiga, un apoyo lúcido dentro del caos de esta noche de perros que ahora comenzaba, alguien que devolviera su temblorosa mente a territorio familiar en donde recobrar su autosuficiencia. Esos ojos vidriosos, asustados pero expectantes de mi reacción, cansados y con un aire noble que sólo a esa edad se puede transmitir, apenas parpadeaban oteando cualquier atisbo positivo en mis gestos, en mis movimientos, buscando en mi lo que hacía rato llevaba buscando. Se me rompía el alma de ver lo indefenso que aquel hombre podía estar perdido en los años que tanto le dieron pero que ahora lo hacen flaquear. Seguro que tras él había muchas historias, muchas batallas, muchas personas, mucho trabajo, mucha vida compartida. Olvidé mis prisas, mi malhumor. Olvidé que hacía frío, viento y llovía. Olvidé todo eso por que Ramón, que así se llamaba, lo merecía. Retiré suavemente su mano, bien agarrada a mí, para poder entrelazar firmemente su brazo por debajo del mío en medio de un suspiro, primero de temor y finalmente de alivio. “Me llamo Ramón”, susurró dejando correr libre una lágrima por su mejilla que terminó por caer mezclada entre gotas de lluvia. Ligeramente nervioso, no acertaba a explicarme lo que le había pasado aunque, al poco, más tranquilo, pude entender que se había aventurado sólo a venir a una revisión médica a un hospital cercano. Una chiquillería o una apuesta valiente por seguir demostrándose algo que ya no necesita demostrar. Luego lo tomaron por tonto, por borracho o por loco de atar cuando, en su desesperación, solicitaba a unos y otros ayuda. Me imaginé a la gente pasando junto a él, igual que yo pasé, y no haciendo el más mínimo caso a quién a su lado se encontraba perdido. Poco a poco se fue soltando y recordaba su dirección, alejada de allí, todos sus datos y a todo su entorno, pero una vez fuera del centro de salud, con la noche, con la lluvia, todo a oscuras y cambiado con tanta obra pública, era incapaz de orientarse para salir de aquel laberinto que ahora suponía la ciudad para él. Así caminamos despacio, agarrados uno al otro, mientras Ramón abandonaba sus miedos. No consintió que lo acompañara hasta su casa y me pidió que buscáramos un taxi que, por las circunstancias del tiempo, sería más cómodo para él. Llegamos a un bar cercano y, mientras esperábamos la llegada del taxi que lo condujera a su casa, lo vi sonreír por primera vez en los apenas quince minutos que llevábamos juntos. La fuerza sobre mi brazo era menor y se notaba ya en paz, relajado, en sitio seguro y acompañado.

Antes de subir al taxi se giró y me dio un abrazo sincero, agradeciéndome, como llevaba todo el rato haciendo, la atención prestada de nuevo con lágrimas en los ojos y cierto aire de frustración. Advertido el conductor, y con su palabra de vigilar su llegada sin más novedades, me quedé mirando la partida de aquel coche que se llevaba a aquel señor entrañable. Caminé ya sin prisa, olvidados los discos, con el frío y la lluvia cada vez más calados, con el humor mejorado y su sonrisa inolvidable, de la que podré disfrutar cuando quiera, grabada en mi mente. Caminé convencido de que a todos nos llega el momento en que los años nos vencen, en que ellos nos pierden. Caminé convencido de que llegado el momento una mano amiga guiará mis despistes por los caminos de la vida. Eso al menos es lo que espero.

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