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En defensa de la enseñanza de idiomas

Los que aún recordamos aquella España en la que se decía que el inglés es difícil porque no se habla como se escribe, conocemos bien el proceso de aprendizaje en academias extraescolares, certificaciones de Cambridge y otros trámites por los que pasan los estudiantes para poder ir más allá del mar Cantábrico sabiendo comprar un paquete de espaguetis en el Tesco. Yendo a aquellas academias se aprendía el idioma y se convivía con profesores que venían de otro país — normalmente del Reino Unido—, se leían artículos, se escuchaban canciones. Se acercaba uno, acaso someramente, a la cultura inglesa, antes de cruzar el Canal por primera vez para disfrutar de la primera inmersión lingüística —y quizás otro tipo de inmersiones aparte—.

En el infame discurso del relaxing cup of café con leche en Plaza Mayor de Ana Botella, resonaba el complejo provinciano de aquella España que aún no terminaba de despertar de sí misma, la que decía nin-ja y bea-tles con pronunciación castiza, pero también la valentía de los que lo superan y se lanzan a hablar como el que canta desafinando sin vergüenza —condición para corregir tanto la pronunciación como la afinación—. Salir ayuda, porque la práctica perfecciona las habilidades pero también porque el mal ejemplo alivia complejos. Recuerdo, sin ir más lejos, a un recepcionista de hotel berlinés incapaz de hablar algo que no fuera alemán y a los camareros parisienses que no hablaban más que un espídico francés, que eran todos menos uno.

Con los años, aprendimos inglés a base de ver películas y series. Las producciones eran —y son— normalmente americanas y eso nos abrió también a un mundo nuevo de documentales, novelas y noticieros de origen estadounidense —cuando no seguíamos fieles a los documentales de la BBC World—. Quizás nos dimos cuenta de cómo cambiaba nuestro idioma, porque hacía que ya habíamos dejado de utilizar retretes para usar váteres. He conocido a gente que en lugar de arreglar fixea y aunque me resulte horroroso que haya quien googlea y tuitea —o como se escriba— lo que me chirría más que el amarillo son cosas como panicarse o jinetear. El lenguaje está vivo y muy a menudo le da a la mala vida.

Pero, si lenguaje y pensamiento equivalen, aprender una nueva lengua es aprender una nueva forma de pensar: una nueva forma de construir nuestra visión del mundo. Recuerdo una entrevista, hace unos años, a Claude Hagège, en la que se mostraba beligerante contra la imposición del inglés: «nunca en la historia una lengua ha sido utilizada en semejante proporción en los cinco continentes». Preguntado por el enriquecimiento que supone hablar una lengua extranjera, lo reconoce y alaba, advierte que «el problema es que la mayoría de la gente que afirma “hay que aprender lenguas extranjeras” no aprender más que una: el inglés. Esto supone un riesgo para la humanidad entera». Aprender alemán o ruso supondría un acceso a unos mercados profesionales distintos, según Hagège.

Los riesgos de construir la cultura propia basándose sólo en una lengua tienen una ilustración demoledora: según parece, a lo largo de los años se ha modificado sustancialmente el número de franceses que piensan que la II Guerra Mundial la ganaron los rusos. Preguntados por la nación que más había contribuido a la victoria, en 1945 el 57% pensaba que había sido la URSS. En 2004, décadas de propaganda americana después, sólo el 20% consideraba a la URSS como el país clave y el 58% otorgaba a EEUU el mayor mérito.

Sorprende la propuesta del Gobierno madrileño de aumentar la educación física a costa de reducir las horas de la segunda lengua extranjera y la música. Enriquecemos nuestro pensamiento tanto aprendiendo otras lenguas como las diferentes formas que tiene o ha tenido la nuestra, pero parece haber una tendencia peligrosa hacia fortalecimiento de las enseñanzas técnicas a costa de la educación humanista —a costa de la preciada paideia griega—. Ya se olvidaron el latín y el griego en los bachilleratos que no fueran estrictamente humanistas y se redujeron las horas de filosofía y de bellas artes.

Con suerte, los alumnos de bachillerato hoy día estarán capacitados, antes o después, para defenderse en un entorno de trabajo profesional. Me queda la duda de si serán capaces de hablar con un londinense de algo diferente a esos asuntos estrictamente profesionales. Al agravio para la cultura general que supone un enfoque tan marcadamente técnico, tan líquidamente técnico — orientado a un saber que cambiará varias veces a lo largo de la vida profesional— se suma un problema de clase también: aquello de lo que no se ocupe la educación pública tendrá que suplirlo el bolsillo familiar, y eso deja fuera de la enseñanza de idiomas precisamente a los más faltos de oportunidades.

Para colmo, la propuesta de reforma del Gobierno Central parece estar más centrada en vaguedades como la “enseñanza digital”, trámites burocráticos a la hora escoger a los profesores y ciertas abstracciones cuyo desarrollo se posterga para futuras leyes. Quizás, el verdadero progreso estaría en que la enseñanza pública proporcionara a los alumnos esos espacios del despertar que a día de hoy son un lujo para muchos: el aula sin elementos de distracción, a lo sumo un sistema de reproducción de audio, un bolígrafo y una libreta, y no más de cinco o seis alumnos por grupo con algo que decir.

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