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Salvada por la campana

En estos días en el que se respira en el ambiente una mezcla de sentimientos, las inseguridades están ahí esperando la oportunidad de saltar sobre su presa. Nada de hacer planes para un futuro que, de momento, no pinta muy bien. Sin embargo, si algo me ha sorprendido en todos estos meses, es la capacidad de los niños para adaptarse a las circunstancias. Han mantenido sus rutinas, no sin esfuerzo, a pesar de todo el caos que ha supuesto la llegada de la pandemia. Ha sido una partida a tres bandas, a partes iguales entre los alumnos, padres y profesores.
Un esfuerzo sobrehumano que ha hecho que este triángulo se consolide en el futuro y el aprendizaje de los pequeños. La ilusión, las risas y los sueños vuelven poco a poco… Al igual que esa timidez, el desparpajo, ese primer amor de la adolescencia.

Así comienza la historia de hoy.

Cuando te encuentras en medio de una guerra, solo puedes hacer una cosa: intentar salir lo mejor parado.

«Cuando te quedas con la boca abierta mirando al chico más guapo de la clase y este no solo te devuelve la mirada sino que te lanza una sonrisa, te quedarías en ese estado de empanamiento permanente toda la vida. Te das cuenta de que la realidad es otra bien distinta cuando esa mirada y esa sonrisa no son para ti, sino para la chica que se sienta detrás. Es imposible que siempre esté perfecta. Empiezas a mirarla con recelo y ya no te cae tan bien como al principio. Siempre está perfecta y tú con estos pelos de erizo recién salido de la ducha.

Me presentaré, mi nombre es Daniela, Daniela Minguetti. Mi padre, de Italia, mi madre andaluza de pura cepa.

Tengo un hermano más pequeño, Miguel, al que todos llaman «bocazas», ya os podéis imaginar por qué: no se calla ni debajo del agua.

Pues como iba diciendo, Sara es la chica que se sienta detrás de mí en clase, una rubia peliteñida, aunque ella se empeñe en decir que es rubia natural. Se lo tiene muy creído porque «el Rober» le ha pedido de salir, pero todos saben que es porque es la única que tiene una piscina en su casa.

El profe, el «señor Calamardo» (le llamamos así por su parecido con los dibujos de Bob Esponja) nos acaba de poner un examen sorpresa, así sin avisar (por eso se llama examen sorpresa).

Le oigo repasar la lista de clase … «C» .. «D» … «L» … Espero que pase mi nombre de largo. Me hundo en mi silla y no levanto la vista de la mesa para evitar todo contacto visual con el profesor… «M»…

Mi nombre suena como un jarro de agua fría: ¡Minguetti, Daniela!

Sabía que me iba a preguntar, me la tiene jurada desde que en primero de primaria le dije que era hermafrodita y se quedó con ese mote, hasta que alguien dijo que se parecía a «Calamardo».

—Daniela, Daniela Minguetti —un destello victorioso en sus ojos.

Me entra el pánico. Un suspenso más y me quedaré sin vacaciones este verano.

—Daniela, dime un país de Europa.

Maldita sea, Europa… Si me hubiera preguntado por América… Después de unos segundos, de mi boca salen, balbuceantes, tres sílabas: ¿Á-fri-ca?

Las carcajadas del resto de la clase hacen que el calor se instale en mi cara, mostrando dos mejillas rojas como tomates.

—Si parece un semáforo—habla el graciosillo de turno… Pero es tan guapo…

—¡Minguetti, ponte en verde!—la rubia peliteñida ataca sin piedad, entre carcajadas.

—¡Silencio!—el señor «Calamardo» golpea su mesa con fuerza mandando callar, pero no hay manera.

Su mirada penetrante me dice que estoy frita, insalvable. Los nervios hacen que el chicle de mi boca se mueva a gran velocidad, sin saber qué hacer.

—¡Daniela! ¿Estás comiendo chicle?

Mis dientes se frenan en seco. Sé cuál es el castigo por comer chicle en clase. Toso y con disimulo saco el chicle de la boca.

—Daniela, enséñame la mano.

Sin salida, la única solución es deshacerme de la mezcla pegajosa y, en un despiste del profesor, la masa pringosa sale despedida en dirección a una cabeza rubia de «bote».

—¡Qué asco! ¡Un chicle en mi pelo!—grita la peliteñida.

Ya no hay vuelta atrás. El caos se desata dentro del aula entre el sonido de una campana. Por fin, el final de la clase. Mejor salir por patas antes de que el señor Calamardo me eche en falta. Hoy me he salvado «POR LOS PELOS». Mañana será otro día.

Hasta la próxima, allí donde las palabras cuentan una historia, donde las historias cobran vida».

Imagen de cabecera de DavidRockDesign en Pixabay
https://www.facebook.com/SofiaRobles.Autora/

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