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Crónicas de la primera fundación de Buenos Aires (I)

Prólogo: Ante todo saber que la descripción del paisaje puede no concordar con las bastas llanuras pampeanas, pero el relato se centra en el recorrido histórico de la ciudad, sus jarras de sangre vertidas por sobre una generación de pensadores, la modernización de la misma y su cruel y condenado final, arraigado a su destino inscripto, el de ser Buenos Aires y lo que ello implica (Sólo los cuatro primeros cuentos tratan sobre esta temática, los demás abordan una independiente).

 

LA SENTENCIA

Los ojos, entreabiertos, bosquejo de una mañana normal. El día se presentaba nublado, neblina a ambos lado de la acera, visibilidad escasa. Miró por la ventana, apenas se divisaban los autos de la calle desde donde él estaba. Fue directo a la rutina para no ser invadido por su pensamiento libertino y revolucionario que lo ofuscaba y ponía en contra de la burocracia, el capitalismo y demás. Tenía un trámite que hacer, sólo le faltaba un paso y su vida pasaría a ser el complejo del éxito. Salió por la puerta, nadie se explicaba por qué no había desayunado, mas su inanición era poca. Caminaba entre la niebla, ya era de día pero la espesura de la misma hacía no parecerlo. La ciudad estaba en un valle propenso a este tipo de fenómenos por lo cual la gente permanecía inalterable, cada cual con su rutina, con su predestinación.

La sensación de éxito a la vuelta de la esquina lo obstinaba, encerraba su mirada en su feliz destino. Llegó al lugar deseado, de allí en más sería pura felicidad, sólo se sabe que atravesó los lóbregos pasillos, una luz al final que parecía no más que el cerrojo de una puerta, pero esta claridad en lo lejos del edificio le marcó el camino, no tenía miedo, no tropezaba, más obstáculo que se le imponía, inanimado o no, supo sortearlo para llegar al objetivo, el cerrojo iluminado. Una vez que llegó, su excitación se encontraba en una cúspide. Abrió la puerta, allí no había más que objetos, las personas escaseaban por aquellos parajes casi inhóspitos del edificio. Se cerró la puerta con total seguridad, se trataba de constatar que todo estuviera en su lugar, así fue. La felicidad estaba por llegar, no era navidad, pero se acercaba su cumpleaños. De repente se encendió una luz, la miró de frente, había quedado con una ceguera permanente, luego se escucharon diálogos, igualmente creo que fue producto de su imaginación porque no había personas en muchos kilómetros a la redonda. Se apagó la luz, su ceguera todavía no le impedía pensar. Él era hombre de pocas palabras, trataba de reaccionar, más lo abrumaba la espesura del aire, se tornó viscoso, de allí en adelante no se recuerda nada más. Una vez que abrió la niebla, y dio lugar al paso de las personas se pudo constatar el cuerpo del hombre, ha de haber llegado la felicidad porque lo hallaron tendido en el suelo, mas no parecían hombres, si no máquinas, preparados para el siguiente individuo en busca de la felicidad.

Quizás muchas veces en el día se repetía el proceso, acechaba la niebla, no se veían hombres en aquella urbe, aparecían sólo después de que el aire recuperara su estado. Era extraño, pero muchas veces lo vieron de cerca, quizá tan cerca que les haya llegado la dicha.

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