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La mano

Tímidamente rozo su uña, se deja hacer. Un nuevo intento; acaricio su meñique, continuo con su blancos y tersos dedos. Suavemente, acaricio su mano, como si  mis dedos fuesen plumas que rozan su piel.

Ahora toda su mano parece cobrar vida. Sus dedos se agilizan y quieren asir con rapidez los míos. Se mueven sabiamente, toca los intersticios de mis dedos y va hacia el índice, quedándose con la punta de mi dedo entre los suyos, acaricia la yema, acaricia la uña. Con su pulgar e índice, aprieta mi dedo con  suavidad, haciendo una pequeña presión, ahora soba mi parte táctil con su dedo, la circue, se  sienten rozar  los surcos de las huellas digitales, me recuerdan a una pequeña y sutil lengua de gato. Ahora toda su mano enlaza la mía hasta las muñecas, se siente la tibieza que emana de su piel, la palpo y acaricio cubriéndola toda, como cuando se saluda.

Palpa de inmediato cada uno de mis dedos, los va sobando, los va acariciando, uno en uno, y con la punta de los suyos, me toca las uñas, las va sintiendo, toca su base, los pliegues, y suavemente lo roza como lamiéndolo. Otra vez en los intersticios, de nuevo en la base de los dedos, llega hasta el anular, voltea hacia  la palma de la mano, pasa por la  línea de la vida acariciándola con la punta, toca el monte de Venus, acaricia de nuevo la raya de la fortuna, la raya de amor, va de pliegue en pliegue los va asiendo, va entre los falanges, y palpa cada surco como si quisiera memorizar toda mi mano, como un mapa, que quiere aprender de memoria. Todos sus dedos parecen tentáculos de pulpo, que ágilmente acedan, soban, aprietan, pellizcan, siento su lisa y suave mano deslizarse una  y otra vez por la mía.

Voy también, acariciando uno a uno todos sus dedos, una a una todas sus uñas, cada redondez, cada pliegue, desde la base de sus dedos y los aprieto suavemente, en cada oquedad me detengo y la palpo, aprovecho un dedo y otro más, empiezo de nuevo sin descanso, como iniciando un rito. Es un palpar intenso, con insistencia, nuestros dedos se revuelven, me aprieta la mano como si fuera una invitación. Cae a enredarse en nuestras manos, un mechón de su largo pelo.

Un mechón negro como una noche sin luna, suave, liso, perfumado, parece que quiere entrar al juego, lo aparto, lo ato a mis dedos, y sigo acariciando su piel. Se eriza, se enchina, ansía la caricia, se deja hacer. Toda su mano es como una flor, es calor, ahora hay una pequeña humedad entre los pliegues de sus dedos, la seco, estrujo su mano toda…..

El autobús se detiene. Todos se levantan. Ella primero, me quedo con su mano asida a la mía, ella suavemente la retira, se va, parece correr, veo su larga cabellera caer sobre sus hombros y bajar a la cintura, pequeña, estrecha. Observo su ágil y delgado cuerpo, parece gacela, la quiero asir, la quiero llamar, no se su nombre.

Se esfuma, va desapareciendo entre los pasajeros del terminal.

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