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Grisácea Legalidad

Laws are never as effective as habits.
Adlai Ewing Stevenson

—Estoy a cinco minutos de declarar Juicio Nulo, Sr. Tornasol.
El acusado procede a erguirse, asoma un vistazo por sobre su hombro en dirección a la puerta, aguarda un instante, redirige su mirada al suelo, suspira lánguidamente y responde.
—Procederé a auto-representarme, Su Señoría. Número de licencia: 551-583-599.
—¿Juicio Expeditivo?
—Sí, Su Señoría.
—Fecha de la audiencia, 14 de Octubre. Sesión concluida.

*   *   *

Se abren las puertas de un elevador, del cual egresan dos hombres vestidos de negro. Recorren los múltiples pasillos de la Firma, hasta arribar a la antesala de una oficina. En lugar de entrar, se dirigen formalmente a la secretaria.
—¿Srta. Miranda?
—Um… ¿por?
—¿Es usted la Srta. Miranda?
La secretaria se amedrenta.
—¡Sr. Leónidas! —llama en voz alta.
Leónidas emerge de su oficina.
—Estos hombres buscan a la Srta. Miranda, ¡y están armados!
—¿Qué está sucediendo? —interroga Leónidas.
—¿Podemos ver alguna pieza de identificación, por favor? —consigna uno de los hombres, refiriéndose a la secretaria.
—¿Por qué no empezamos con su identificación, señores? —interviene Leónidas.
—Soy el Agente Especial Hernández y éste es mi compañero el Agente Especial Fernández. Venimos del Ministerio de Hacienda y Finanzas, respectivamente —responde uno de los hombres, antes de abocarse a la secretaria—. ¿Es Miranda su apellido?
Miranda suspira.
—Sí, yo soy.
—Por favor, ponga las manos sobre su espalda.
—¿Qué?
—Lo pregunté antes, y lo repregunto ahora: ¿qué está sucediendo?
Uno de los agentes procede a esposar a Miranda.
—Esta mujer queda bajo arresto por evasión de impuestos a ingresos federales e inobservancia agravada —informa el agente Hernández, luego centrándose en Miranda—. Tiene derecho a permanecer en silencio, de lo contrario, todo lo que diga puede ser usado en una corte de justicia. Tiene el derecho a hablar con un abogado…
—Yo soy su abogado, omitiremos la lectura de los cargos, no hay necesidad de llevársela en custodia, yo mismo la entregaré en su audiencia.
—Lo siento, señor —expresa el agente Hernández, antes de enfocarse en Miranda—. Vamos, señora.
—Aguarde un segundo. ¿Acaba de llamarme “señora”?
Leónidas se apresura.
—No hables, Miranda. Ni se te ocurra dar declaraciones. Estaré allí tan pronto como pueda —frasea Leónidas, a la vez que los agentes se marchan implacablemente con la acusada.

*   *   *

—¡Por fin te encuentro! ¿Puedo distraerte un segundo?
Alcázar sonríe.
—Seguro.
Alcázar sigue dócilmente a la asistente legal a través de los misceláneos corredores de la Firma hasta una oficina, dentro de la cual se halla un joven de traje, sentado, esperando.
—Sr. Alcázar, Sr. Escudero.
Escudero se incorpora enérgicamente y extiende su mano, presentándose singularmente cordial.
—Un placer, señor. Gracias de nuevo por acceder a verme.
—En absoluto. Sobre todo estimando que no hice tal cosa.
La asistente legal sonríe tácitamente.
—Bien, ¿de qué se trata esto?
—Muéstrale el aparato, por favor.
Escudero hunde ágilmente la mano en su saco y exhuma de su bolsillo un minúsculo dispositivo electrónico, el cual deposita sobre la palma abierta de Alcázar.
—Se lo denomina “Tele-Bloqueador”. Lo venden por Internet. Básicamente, uno lo acopla a la salida coaxial del televisor, y puede bloquear cualquier señal televisiva.
Alcázar ojea raudamente a la asistente legal.
—Es verdad —replica ella.
—El rector de mi colegio hizo fijar estos artefactos a todos los televisores del edificio. El problema es…
Escudero convierte sus manos en puños, airadamente. A fin de aplacarse, contempla la alfombra de la oficina.
—Sólo bloquean un canal, el más balanceado, el verdadero alférez de la neutralidad… el resto de los canales, los podemos ver.
—¿Sólo bloquean una señal?
Escudero levanta la mirada.
—Sí, porque ésta promueve, supuestamente, una agenda política conservadora. ¡Lo cual son puras mentiras! ¡Esto es patente, perspicua censura! ¡Además de ser evidencia de un claro prejuicio periodístico liberal! ¡Y yo, por una vez, estoy sinceramente harto de ello!
Manifiestamente furibundo, Escudero le quita el aparato a Alcázar de un manotazo.
—En todos mis años… —proclama, antes de salir de la oficina sumido en disgusto.
—En todos sus años… —repite Alcázar, solazado.

*   *   *

—Sr. Honorio, es terrible.
—¿Qué es lo terrible?
—Mi jefe, el Sr. Santos, acaba de despedirme.
—Lo siento mucho.
—Una trabaja tan duro, ¿sabes? Ocho años en su negocio de bienes raíces…
—¿Qué lo alentó a descartarte?
Celada surca el césped del parque con su mirada.
—Bueno… un día, hace un mes y medio, nos junta a todos en una reunión de personal, y promulga: “Debido al espiralado crecimiento de los costos del Seguro Médico, todos los fumadores tienen exactamente seis semanas para dejar el cigarrillo. Al término de dicho plazo, se llevará a cabo un examen de orina: quien no pase la prueba, quedará sujeto a despido automático”. ¡Despido automático! ¡Estúpido Nazi de la salud!
Celada liga su alicaída vista al aleatorio errar de las palomas.
—Tengo cuentas que pagar, ¿sabes? Por supuesto que traté de dejarlo. ¡En serio, realmente lo intenté! Usé el parche, usé el aerosol, ¿sabes? Pero mientras más me imaginaba perdiendo mi trabajo, más entraba en pánico. Y mientras más entraba en pánico, más fumaba. Ahora estoy consumiendo tres atados al día. Y hoy fue el día: me hizo orinar en un vaso, ¡y luego me despidió!
Celada cierra sus ojos de búho, rebalsantes de melancolía, y los anida en sus manos para camuflar sus lágrimas.
—Escucha, ahora mismo debo ir al Tribunal de Justicia, pero ¿en qué piso queda la oficina del Sr. Santos? Le daré una visita. Veré qué puedo hacer.
—El décimo.
Celada remonta la mirada, y posa sus ojos entreabiertos en los de su interlocutor.
—Gracias. Muchas gracias —aprecia, esforzando una sonrisa.

*   *   *

            —Tres, dos, siete, cuatro, cuatro. El Estado contra el Sr. Tornasol. Connivencia en la comisión de violencia.
Tornasol es escoltado por un policía hasta su asiento, pero permanece de pie.
—Auto-representación por parte del acusado, Su Señoría. Elijo omitir la lectura de los cargos. Imagino que no tocaremos la cuestión de la fianza…
—¿Qué tenemos aquí? —indaga el Juez.
El Fiscal da un paso al frente.
—El acusado alquiló un par de particulares para que agredieran a un individuo en un bar.
—Su Señoría, esta persona había mancillado mi honor, yo…
—¿Hubo algún herido? —inquiere el Juez.
—Cortes y moretones. También se provocó algo de daño al bar.
Tornasol se desplaza cohibidamente al centro de la cámara y diserta con templada determinación.
—Mi sugerencia es que nos apeguemos a los hechos base, Su Señoría. La falta de evidencia daría un Juicio Nulo, por lo que yo me comprometería a efectuar una restitución íntegra al…
—Temo que eso no será suficiente —interfiere el Fiscal.
—Fue defensa propia, yo mismo fui acometido. El hecho de que haya contratado a terceros para corresponder la afrenta no excluye…
—¿Quiere un “inocente”, abogado? Necesitará del Juicio Expeditivo aquí asentado —el Juez replica, siguiendo la lectura de su documento con el índice.
Tornasol reflexiona durante un instante efímero.
—Podríamos hacerlo hoy.
—¿Está listo para proceder ahora? —perquiere el Juez.
—Definitivamente. Estipularé todos los hechos del reporte policial, además de, por supuesto, los testimonios.
—De ser así, yo estaría preparado para mañana —manifiesta el Fiscal.
—¿Juicio a Jurado, ciertamente?
—Sí —el Juez converge—. Estamos en atraso judicial, por lo que completaremos esto en un día. Mañana a las diez en punto. El acusado es liberado bajo palabra. ¿Sr. Tornasol? Sería un error volver mañana creyendo que el azar está de su lado.
—Sí, Su Señoría.

*   *   *

—Todos de pie.
            Toda la muchedumbre presente procede a levantarse. El Juez, hombre considerablemente entrado en años, arriba al recinto, se sitúa recatadamente en su banco y le hace una seña al asistente legal.
—Audiencia Judicial número tres, dos, siete, cuatro, nueve. El Estado contra la Srta. Miranda. Evasión de impuestos a ingresos federales e inobservancia agravada. Código veintiuno, treinta…
            Miranda, esposada, se dispone a erguirse al ver llegar a Leónidas.
—Leónidas, 551-583-631, por parte de la acusada, Su Señoría. Optamos por saltear la lectura de los cargos, y puesto que el monto total adeudado asciende a cerca de cuatrocientos, someto a consideración que mi cliente simplemente abone la suma, conjuntamente con penalidades por dilación, y así abandonar la causa.
—La Fiscalía no está interesada en un arreglo, Su Señoría. La Srta. Miranda no sólo cesó de pagar sus aranceles impositivos, ella vistosamente escribió “¡Basta!” en el formulario oficial, que procedió a remitir al Ministerio de Finanzas.
—Es soberanamente simple, Su Señoría, ella quería gastarle una broma a su pretendiente, que trabaja en dicha agencia de administración, adjuntando también esta fotocopia del formulario oficial llenado correctamente —Leónidas agita una hoja del papel—, a fin de que no se suscitaran problemas. No obstante, lo que sucedió…
Bashta de patrañash, Sheñor Leónidash —reacciona el Juez, articulando el sonido de la letra “S” como el de “Sh”—. No quiero eshta clashe de habladuríash en mi corte.
Leónidas suelta una repentina mueca de dolor.
Shu clienta she encuentra acushada de un delito federal. ¿Deshea un juishio, Sheñor Leónidash? —pesquisa el Juez.
—Inmediatamente.
—¿Sheñor Fishcal.?
—La Fiscalía se halla preparada, Su Señoría.
—Mañana, diesh de la mañana. Y le sholishito al abogado defenshor que deje shush cuentos en la entrada. Mi corte esh un templo del decoro. Esh por tanto que no toleraré másh de shush chácharash, Sheñor Leónidash —proclama el Juez, elevando su tono de voz, lo que lo compele a toser incontrolablemente a la vez que golpea el mazo un par de veces—. Sheshión concluida.

*   *   *

—Primero que nada, los alumnos no están investidos de absolutamente ningún derecho a ver las noticias durante el horario de clases —expresa la Fiscal.
—Pero se les permite hacerlo en el Colegio Arcenus, salvo por un canal —replica Alcázar.
—Sra. Fiscal, ¿esta cadena de televisión está siendo proscripta por su contenido? —inquiere el Juez.
—Aún si así sea, Su Señoría, las escuelas poseen el derecho a legislar cierto contenido. Del mismo modo en que pueden registrar los casilleros del cuerpo estudiantil. En suma, la ley enuncia que los rectores de colegios públicos no se encuentran supeditados a las bases de sensatez y modicidad en lo que se refiere a política escolar.
—Le está diciendo cosas que usted ya sabe, Su Señoría. Sin mencionar que aquí está en juego el Primer Fundamento de nuestra Constitución. ¿Qué sigue? ¿Quemar un par de libros?
—Sra. Fiscal, debo decirle, esto no se ve bien.
Alcázar sonríe.
—¿Cómo prohibir un canal de noticias y no el resto también?
—El director afirma que esta señal en particular es especialmente lesiva.
—Entonces quiero oír las explicaciones del rector personalmente.
—Está bien, puedo traerlo mañana a las diez.
—También deseo escuchar al joven que labró la demanda.
—Sí, Su Señoría.
—Sesión concluida. Resumiremos mañana a las diez.

*   *   *

—Buen día. Soy Honorio, abogado.
—Santos, Gerente General de la Inmobiliaria Santos SRL. Un gusto. ¿Qué puedo hacer por usted?
Honorio abre la boca pero no llega a responder.
—No me diga, no me diga. Vino a hablarme sobre la Srta. Celada.
—Precisamente.
Honorio se sienta.
—Bueno… seré conciso. La verdad es que lamento verla partir, pero las reglas son las reglas… las rompes y tienes que pagar el precio. Así de simple.
—Nunca había escuchado todo nuestro Sistema de Jurisprudencia encapsulado tan sucintamente.
Santos ríe.
—Bueno, ese soy yo.
Santos ríe otra vez, pero es interrumpido por Honorio.
—Sin embargo, a veces nacen ocasiones en las que las mismas reglas son injustas. Sucede que éste es uno de esos casos.
Santos sacude la cabeza de lado a lado porfiadamente.
—Nop. La regla de no-fumar es tan correcta como la Biblia. Buena para la empresa, buena para los empleados. Es buena. Punto.
—Muy bien, ya veo. Aún así, y esto debe estar en la Biblia en alguna parte, he aquí una idea fugaz: usted tiene el derecho de prohibir a sus empleados el fumar durante las horas de trabajo, pero ¿por qué cree que está justificado al decirles qué pueden o no pueden hacer durante su tiempo libre?
—Porque es bueno para ellos. Y porque mi abogado me dijo que podía. Un tipo igual que usted. Verá, todos aquí son lo que uno llama empleados “a discreción”. Y como la mayoría de los trabajadores en este maravilloso país, pueden ser despedidos por lo que sea. Cuando quiera. Donde quiera. Del modo que quiera. Verá señor, yo fui entrenador de fútbol.
—Nunca habría adivinado —replica Honorio, girando sus ojos en aburrimiento.
—Es como les decía a mis jugadores. Hay dos maneras de hacer las cosas. Mi manera, y la manera incorrecta. La Srta. Celada hizo las cosas de la manera incorrecta, así que la saqué del equipo.
Honorio frunce el ceño e incrusta ojos ponzoñosos en su interlocutor.
Verá, Sr. Santos… yo tengo una máxima similar. Podemos hacer esto a mi manera, o de la manera que en usted terminará firmando un doloroso cheque y llorando como un bebé.
—¿Me está amenazando?
—¿Por qué no recontrata a la Srta. Celada y olvida que jamás nos conocimos? Sinceramente, no hay nada que yo quisiera más en este momento.
—Nop. Creo que estamos hechos.
Honorio ancla ojos deletéreos en Santos.
—En realidad, éste es sólo el principio de nuestro pequeño juego. Pensé que como entrenador, se habría dado cuenta.
Santos frunce el ceño. Honorio se pone de pie.
—Nos vemos en la corte.

*   *   *

—Empiezo a pensar que todo esto fue mi culpa —atesta una joven en el estrado—. Era un viernes a la noche, cerca de las once. El Sr. Tornasol y yo estábamos bebiendo en…
—¡Objeción! —truena el Sr. Tornasol.
—Ha lugar —dicta el Juez—. El Jurado hará caso omiso del último comentario.
Algunos miembros del Jurado asienten.
—Señorita, limítese a apegarse al reporte policial —capitula el Juez.
La joven inclina la cabeza en anuencia.
—Sí, perdón, mil disculpas, yo estaba bebiendo, el Sr. Tornasol no tolera el alcohol, él no tenía una gota de alcohol en la sangre.
La joven manifiesta un ligero nerviosismo.
—Bien… bueno… estábamos charlando nimiedades en el bar, cuando surge de pronto “la conquista romántica” como tema de conversación. Recuerdo que saqué provecho del inusual buen humor de mi amigo para desafiarlo:
“—No sabía que también eras del espíritu caballeresco” —expresé— “¿Qué dices si me siento por allá sola y tú vienes a conquistarme?” —le propuse en broma.
—El Sr. Tornasol río una negativa, pero rehusé su respuesta.
“—Vamos, me encantaría ver cómo actúas” —me empeñé, y sin esperar contestación alguna, fui a sentarme a la barra.
—Me di vuelta sobre el taburete para contemplar la reacción del Sr. Tornasol, pero en cambio, todo lo que divisé fue un enorme torso a medio metro de mí.
“—Hola, ¿cómo estás, nena?” —me dijo un hombre categóricamente fornido.
“—Bien, gracias” —le respondí transigentemente, mientras buscaba a mi amigo por el costado de su cuerpo.
“—Soy Brulio” —insistió— “¿Cómo te llamas?”
“—Estoy con alguien” —le aclaré.
“—¿Quién?”
—Fue entonces cuando se acercó el Sr. Tornasol.
“—Hola. Soy un completo extraño y vengo a conquistarte” —jugueteó en un tono ameno y entretenido, obviamente presumiendo que mi otro interlocutor era también amigo mío.
“—¡Oh! Veo que somos dos” —agregó.
—El Sr. Tornasol sustrajo una moneda de su bolsillo.
“—¿Qué dices? Yo seré cara y tú ceca” —tonteó gallardamente.
“—¿Cuál es tu problema?” —masculló el Sr. Brulio, claramente irritado.
—El Sr. Tornasol quedó un tanto perplejo, lo que pareció molestar al Sr. Brulio aún más.
“—Te ofrezco un consejo de salud, chiquito: aléjate.”
—El Sr. Tornasol cruzó del desconcierto a su timidez habitual. Empezó a balbucear algunas palabras inconexas hasta que logró responder.
“—¿Por qué habría de…? ¿Quién eres tú para…?”
—Comencé a temer lo que podría suscitarse, por lo que intervine.
“—Discúlpeme, señor, pero estoy con él” —le esclarecí al Sr. Brulio.
“—No me importa” —me replicó, antes de volverse hacia el Sr. Tornasol— “Vete o te dejo tendido.”
—El Sr. Tornasol, fiel a su idiosincrasia, frunció el ceño, abrió la boca y levantó el índice para contestar, pero entonces un codazo propinado por el Sr. Brulio reprimió su respuesta, dejándolo sangrando profusamente por la nariz y tambaleándose hacia un banquillo. Recuerdo que grité del susto.
“—Uy, perdón, quería buscar mi billetera” —dijo socarronamente.
—El Sr. Tornasol se limpió la sangre de la nariz, confrontó al Sr. Brulio y le respondió.
“—Ya veo. Permítame buscar la mía entonces” —expresó, antes de alejarse caminando apresuradamente. Corrí tras él.
“—¿Estás bien?” —le pregunté al paso que lo seguía.
“—Nermo mimprunie no-sé-qué” —musitó en respuesta.
La joven medita un instante. Algunos miembros del Jurado caen confundidos. Tornasol alfilera ojos inquisitivos en la joven.
—Sinceramente no sé qué dijo o quiso decir, o si le escuché cualquier cosa en medio de toda la agitación, pero no le di tanta importancia, en vista de lo que sucedió un instante después.
La joven se aclara la garganta con ansiedad.
—Calmadamente, el Sr. Tornasol se aproximó a un grupo de hombres considerablemente acérrimos y extrajo su billetera.
“—Buenas noches, caballeros. Perdón por la interrupción” —se dirigió al más alto—. “Qué afortunado, tú pareces ser lo suficientemente robusto. Aquí tienes trescientos. ¿Serías tan amable de ir hasta allá y golpear a aquel fortachón de la barra?”
“—¿En serio?” —dudó el aludido.
—El Sr. Tornasol sonrió maliciosamente y agitó los billetes en la cara de su interlocutor.
“—Trato hecho” —acordó el hombre, sonriendo también.
—Honestamente, yo no sabía qué decir ni qué pensar. Cuando por fin llamé a mi amigo, vi que estaba atento a la acción que había puesto en movimiento.
La joven suspira.
—El hombre se aproximó al Sr. Brulio y le ensartó un derechazo ligeramente sobre el ojo izquierdo. Esto encolerizó desmesuradamente al Sr. Brulio, incitándolo a corresponder la agresión mediante dos puñetazos consecutivos a la cara de su oponente, tumbándolo sobre una de las mesas.
La joven entrecruza los dedos de las manos y los mueve intranquilamente.
—Fue entonces cuando el Sr. Tornasol dio media vuelta y se abocó a otro integrante del grupo de personas al cual pertenecía este hombre contratado.
“—Aquí tienes cien, ve a ayudar a tu amigo” —ofreció el Sr. Tornasol.
—Esta persona también accedió. Corrió hacia el Sr. Brulio y le asestó un golpe en el estómago, acometida secundada por el primer hombre que había sido derribado.
La joven muerde sus labios en preocupación.
—Fue entonces cuando varios individuos, amigos del Sr. Brulio, intervinieron en favor de su camarada, avasallando a los dos hombres del Sr. Tornasol.
“—Válgame, parece que tiene compañeros” —manifestó el Sr. Tornasol, antes de empezar a repartir billetes al resto de su pelotón—. “Uno para ti, otro para ti, y para ti. Ahora vayan, vayan.”
La joven soporta su frente con la mano y apunta su mirada al suelo.
—Como era de esperarse, todo el contingente de hombres tomó su dinero y se internó en la riña, causando un alboroto generalizado a lo largo del bar. El Sr. Tornasol, tras medio minuto de presenciar la contienda, determinó que nos fuésemos. O mejor dicho, me asió del brazo y me acarreó enseguida fuera del local, en donde tomamos un taxi inmediatamente, y debo agregar, afortunadamente, considerando que el vidrio de una de las ventanas del bar estalló en mil pedazos, atravesado por una silla que cayó y azotó nuestro vehículo a la vez que partíamos.
El Juez, los miembros del Jurado, el Fiscal y la gente de la galería permanecen íntegramente mudos, aún enfrascados en el relato. Tornasol, levemente turbado por la narración, da media vuelta, recorre calladamente el trayecto hasta su silla y toma asiento sigilosamente.
—La Defensa descansa… Su Señoría —murmura.

*   *   *

—Gracias —le agradece Leónidas al carcelero—. Sólo será un segundo.
El aletargado ruido de la puerta de la celda retrae a Miranda de sus pensamientos. Leónidas camina hacia ella y se sienta a su lado, colocando su portafolios sobre una litera. Guarda silencio durante múltiples momentos, hasta que finalmente habla.
—No estoy seguro de poder sacarte de esto.
—Um… ¿entonces no sirvió el cuento de la fotocopia?
Leónidas suspira.
—Claramente no. Conozco a este Juez, y temo que no es fácil de mover.
Leónidas apoya los codos sobre sus rodillas y se sostiene la cabeza con ambas manos.
—Y lo que es más, de no ser por tu risueño mensajito, esto habría acabado hoy a las diez. Haber escrito “¡Basta!” conlleva…
—Yo era muy allegada a mi abuelo —interrumpe Miranda, suspirando.
Leónidas la entrevé seriamente extrañado.
—Estoy seguro de que crees que acabas de aclarar el asunto.
—¡Sí! Él sirvió en la Segunda Guerra Global… quiero decir, él era un ciudadano orgulloso de su país… y yo empecé a pensar qué avergonzado estaría por lo que está sucediendo ahora…
Leónidas exterioriza una gesticulación de leve sufrimiento.
—¿Y qué está sucediendo?
—El Gobierno torturando y espiando a la gente, aplastando libertades civiles… Mi abuelo lloraría. Yo lloro por él.
Leónidas suspira pacientemente.
—Bueno… volviendo al tema de tu proceso judicial… ya hemos estipulado tu incumplimiento. El único testimonio a ser tomado sería el tuyo.
—Está bien.
—De todas maneras, haré un último intento en llegar a un arreglo.
—En realidad… he decidido que quiero continuar con el juicio.
—¿Perdón?
—Es lo que mi abuelo querría.
Leónidas revela síntomas de alteración.
—Por favor, vamos, tienes que estar bromeando. Deja de hablar sobre tu abuelo.
—Pero…
Leónidas le toma las manos.
—Miranda, la Fiscalía está intentando enfatizar un punto. Podrías ir a la cárcel, es decir, permanecer aquí por un largo tiempo.
Miranda mira hipnóticamente a Leónidas.
—¿Me estás escuchando?
—¿Eh?
Miranda sigue en trance.
—¡Sí! —Miranda toma sus manos— Tu trabajo es ir a pelear batallas en las que tú crees, todos los días. Y es tan admirable. Yo nunca me levanté contra nadie ni nada. Y sé que suena infantilmente patriótico, pero mi abuelo…
Leónidas sacude la cabeza en hastío.
—¡Perdón! Pero él sí lo hacía. Él hablaba de la nación por la que luchó… ahora yo quiero luchar por ella.
—Ajá… antes que nada, y creo que tu abuelo coincidiría conmigo, no hay nada más patriótico que pagar tus impuestos.
—Quiero tener mi día en la corte.
—¿Al riesgo de tener tus días en prisión?
Miranda asiente resueltamente.
—Mh.
Leónidas se masajea las sienes.
—¿Quieres prepararme? —tantea Miranda.
—¿Perdón?
—Para el testimonio, ¿no deberías prepararme?
—Te ves preparada.
Leónidas se incorpora, su semblante evidencia una aguda molestia.
—¿Estás bien?
Leónidas suspira.
—Me duele la cabeza. Vámonos.

*   *   *

Escudero se acomoda en el estrado y clarifica su garganta sonoramente.
—En un principio, a nosotros, al cuerpo estudiantil me refiero, se nos permitía ver cualquier canal, fuese de películas, series, música, chismes, actualidad, noticieros… siempre en horario de receso. El noticiario de la Droite, la Difusora Racional de Obras Informativas de Televisión, era el que más habitualmente se veía, hasta que se resolvió su bloqueo en todos los televisores del colegio.
Escudero se mantiene serio y solemne. La Fiscal cesa de ambular por la cámara y se dirige al joven.
—Por favor, Sr. Escudero, díganos a partir de qué incidente, o mejor dicho, de qué serie de incidentes, se suscitó la decisión de bloquear esta determinada señal de televisión.
Escudero se ajusta la corbata y explora su mente precavidamente.
—Acaecieron algunas riñas aisladas, detonadas por los noticieros y algunos programas de la Droite, según se alega…
—Estudiantes fueron atacados dentro y fuera del colegio, acusados de ser detractores, de propiciar la disidencia, de descorazonar el apoyo al Gobierno…
—Pero la Droite apenas puede haber…
—Vicario, quince años, apaleado a una manzana de la escuela por cinco alumnos, declara que lo buscaron por haber expresado su desacuerdo con el noticiero matutino de la Droite durante un recreo.
Escudero no responde.
—Arrúa, dieciséis, fue asaltado en el baño del colegio tras disentir con el parecer de la Droite sobre los casamientos interraciales. Fractura craneal y dislocación del brazo izquierdo. Hasta el momento no ha divulgado la identidad de su agresores, por temor a ulteriores represalias.
Escudero retiene su mudez.
—Zubizarreta, diecisiete, debió ser trasladado al hospital a causa de múltiples contusiones y hematomas, producto de su pelea con dos alumnos. Explica que había expresado su disconformidad con la Guerra, a raíz de unos comentarios de la Droite, oprimiendo la angustia y atizando la eventual combatividad de dos alumnos con familiares en el Ejército.
Escudero yace en su mutismo.
—Un total de veintinueve faltas por comportamiento al estudiantado durante el último semestre: alumnos suspendidos, expulsados, heridos… la lista sigue y sigue, Sr. Escudero.
Escudero permanece sumido en un silencio contencioso, observando a su interlocutora sin parpadear. La Fiscal se ve complacida.
Podría estar equivocada, Sr. Escudero, pero sinceramente creo que mantener a los alumnos sanos y salvos vale más que suprimir una señal potencialmente contenciosa del menú televisivo del alumnado.
Escudero fractura su silencio.
—Tiene razón.
La Fiscal sonríe.
—Podría estar equivocada —agrega Escudero.
La Fiscal frunce el ceño. El Juez cavila. Alcázar sonríe.

*   *   *

—La adquisición de una casa es uno de los acontecimientos más importantes de la vida. Y aunque no deseo ser tildada de presumida, en mis ocho años en la Inmobiliaria Santos SRL, cerré más negocios que ninguna otra empleada. También tuve la calificación más alta de Satisfacción al Cliente. Todas mis reseñas de fin de año fueron cuatros.
Celada mira hacia arriba cándidamente y se dirige al Juez.
—Eso es, cuatro sobre un total de cuatro —aclara, levantando consecutivamente cuatro dedos en cada mano.
El Juez sonríe comprensivamente.
—Además, también logré ser Empleada del Año durante tres años corridos. Es decir, si fui una trabajadora tan mala, ¿por qué me dieron el Premio al Vendedor Voraz hace tres meses?
Honorio da media vuelta, se encamina hacia la Mesa de Evidencias y señala una serie de objetos.
—Su Señoría, al presente quisiera entrar en evidencia las tres placas de Empleada del Año de la Srta. Celada, así como el precitado galardón.
—Queda asentado. Prosiga —instruye el Juez.
—Ahora, Srta. Celada, ¿usted fuma?
—Sí.
—¿Cigarrillos?
—Sí.
—¿Ha fumado alguna vez en el trabajo?
—Sí, pero sólo durante los recesos, en mi tiempo personal, y fuera de edificio. Y soy una fumadora de cortesía.
El Juez cae confundido. Celada mira hacia arriba y efectúa la mímica de llevarse un cigarrillo a la boca, inhalar y exhalar el humo, y disiparlo con la otra mano. El Juez asiente amablemente.
—Nunca en la cara de nadie.
Honorio inclina la cabeza en entendimiento y resume su cuestionario.
—¿Su hábito de fumar impacta en su trabajo de alguna manera?
—No. Jamás llegué tarde por fumar. De hecho, me ayuda a serenarme, y así a concentrarme más en mi trabajo.
—Gracias, Srta. Celada.
Honorio da media vuelta y acude a su asiento. El abogado defensor permanece sentado.
—Srta. Celada, ¿le informó mi cliente, el Sr. Santos, que dejase de fumar o sería despedida?
—Sí.
—No más preguntas, Su Señoría.

*   *   *   *   *

Santos trepa al estrado, se acomoda en la silla y aguarda su interrogatorio. El abogado defensor procede a erguirse y a pasear adyacente el centro de la cámara.
—Por favor, Sr. Santos, sea tan amable de exponernos sucintamente la particular situación en la que se encuentra usted y su negocio.
Santos asiente, se lleva los dedos índice y mayor a los labios, y el pulgar por debajo de su mentón. Cavila momentáneamente y se aclara la garganta.
—Dirijo una pequeña y eficiente empresa, que se empeña en embolsar una modesta ganancia mes a mes. Así también, me hallo compitiendo con inmobiliarias de alcance nacional e internacional, y con firmas que trabajan desde Internet. Hace seis semanas, se me informó que el importe del Seguro Médico se elevaría, principalmente en las coberturas vulnerables, entre las que se incluye a los empleados fumadores. Sencillamente, me veo obligado a comprimir costos o a cerrar mis puertas. Es así de simple.
—Por tanto, si la Srta. Celada hubiese sido capaz de abandonar su vicio, ¿usted la habría conservado en la nómina?
—Síp, absolutamente, no le dimos el Premio al Vendedor Voraz por nada.
El abogado defensor sonríe y retorna a su asiento. Honorio se pone de pie, se acerca al declarante con formalidad y amarra ojos incisivos en él.
—Sr. Santos, su necesidad de reducir costos tiene completo sentido. Sin embargo, hace unos minutos escuchamos a su Gerente Administrativo testificar que al enfrentar la productividad de la Srta. Celada contra cualquier aumento contable del Seguro Médico, usted sale ganando. Y, convengamos, con un cómodo margen. Por ende, su argumento es, si me permite decirlo, una contradicción, ¿verdad?
—Nop. Sucede que debo pensar en el futuro. Si la Srta. Celada contrajese cáncer o alguna enfermedad cardiaca, como les suele pasar a la mayoría de los fumadores, mis tarifas del Seguro Médico se dispararían astronómicamente.
—Ya veo.
Honorio se lleva una mano al codo de su otro brazo, empleando la mano de éste último para sostener su cabeza, superponiendo dos dedos sobre su boca y colocando el pulgar debajo de su barbilla, a la vez que continúa el diálogo.
—Sr. Santos, ¿qué piensa sobre la gente gorda? Porque, según el último Reporte Médico Anual, en nuestro país, cien mil personas mueren cada año por enfermedades relacionadas con la obesidad.
—Otras empresas están despidiendo gente por eso. Yo todavía no lo he hecho.
—¿O sea que lo está pensando?
—Siempre estoy pensando.
—Cualquiera puede verlo. ¿Y qué opina sobre el consumo de alcohol? Los individuos que beben más de quince tragos a la semana presentan un serio riesgo de convertirse en alcohólicos, y el alcoholismo puede causar cirrosis del hígado, pancreatitis, altas posibilidades de contraer cáncer… piense conmigo, ¿no sería una buena idea controlar el insumo de alcohol de sus empleados?
—Posiblemente.
—¿Y qué hay con el café? La cafeína aumenta temporalmente la tensión arterial. ¡Y los ácidos grasos trans! ¡Y la sal! ¡Y el estrés! Cualquiera de esas cosas puede provocar infartos con facilidad. Eso indudablemente engrosaría sus cuotas del Seguro Médico. También se ha comprobado que discutir treinta minutos al día debilita el sistema inmunológico. Lo mismo sucede con la tristeza inducida por soledad, ¡ahí van sus empleados solteros y divorciados! Va a tener que vigilar a esta gente todo el tiempo, Sr. Santos, esperemos que sea apto para la tarea.
—Sr. Honorio, me parece que está exagerando.
—Nop, sólo nos estoy dando a todos la bienvenida a 1894, si bien llegamos un poco tarde, y a pesar de que nuestro guía, el célebre escritor Ornelio, expiró hace tiempo, pudimos lograrlo: el Gran Hermano Santos nos está cuidando.
—¡Objeción! —brama el abogado defensor.
—No más preguntas, Su Señoría. Si el Sr. Santos está de acuerdo.

*   *   *

—¿Por qué, Sr. Guernica, escogió esta cadena televisiva en particular? ¿Por qué la Droite?
—Mire, Sra. Fiscal, sé perfectamente bien que todas las señales tienen una predilección política, algunas tienden a los liberales, algunas a los conservadores, eso no lo discuto, pero cuando un canal de noticias va hasta el extremo de verdaderamente promover una agenda política…
—¿Puedo detenerlo ahí un segundo? ¿Cómo es que lo hacen?
—Bueno, en primer lugar, sus emisiones hablan por sí mismas. Encienda su televisor esta noche, y el taimado Noticiario Nocturno de la Droite le responderá por mí… pura y sistémica ortodoxia a ultranza. Segundo, su Director General fue el Administrador Operativo de Medios para los dos últimos Presidentes conservadores. Y tercero, cuando vi ese documental “Derechura Informativa”, quedé plenamente convencido.
—¿Por qué?
—Porque detalla el grado al cual este medio de comunicación llega, en su empeño por propugnar causas conservadoras derechistas.
—Su Señoría, al presente desearíamos mostrarle una breve serie de extractos del mencionado documental.
El Juez asiente. Alcázar se voltea ligeramente sorprendido. La Fiscal prende una televisión ubicada a un costado de la sala.
—No éramos necesariamente, de acuerdo con lo que nos decían, una organización difusora de noticias, sino más bien proponentes de un punto de vista —asevera un hombre siendo entrevistado en el video.
La Fiscal presiona un botón en su control remoto, adelantando la grabación.
—Se nos dejó bien en claro que nuestras actividades estaban siendo monitoreadas, y si ninguno de ellos lo estaba viendo en vivo y en directo, cuando menos lo estaban grabando, para ver tras la emisión qué habíamos hecho.
Guernica se aclara la garganta.
—Su Señoría, si usted ve el documental completo, y sinceramente le recomiendo que lo haga, notará que esto continúa y continúa. Y éstas son declaraciones de periodistas que trabajan actualmente en la compañía.
—Entiendo. Pero, ¿llegar al extremo de instalar un dispositivo censurador en cada televisor? —indaga el Juez.
—Odio la idea de clausurar la libre expresión, pero esto se convirtió más una cuestión de seguridad, Su Señoría, como la Fiscal manifestó anteriormente. Tienen a los anfitriones de sus programas de opinión declarando que cualquiera que se oponga a la Guerra es un enemigo del Estado. ¡Se divierten haciendo confundir a la gente desacuerdo con deslealtad!
—¡Objeción! —clama Alcázar.
—Ha lugar —dicta el Juez—. La última frase será exceptuada de trascripción. Prosiga, Sr. Guernica.
Guernica asiente.
—En síntesis, estamos teniendo cada vez más peleas. Nuestros alumnos se atacan entre sí, acusándose de ser impatrióticos. Estudiantes de…
Alguien en la galería tose.
—… tan sólo por ser del país con el que estamos enfrentados, están siendo víctimas de esta violencia inculcada. Ya pocos se arriesgan a aportar su opinión.
Guernica suspira.
—Tal vez este aparato sea una exageración, lo admito, pero tengo un colegio que dirigir, y la primer orden del día es siempre mantener a los alumnos seguros.
La Fiscal inclina la cabeza en agradecimiento y se retira a su asiento. Alcázar se pone de pie y se aproxima al declarante.
—Pensé que la primer orden del día de una comunidad educativa era alentar la diversidad de opinión.
—No cuando en ella existe un prejuicio que propicia la intolerancia.
Alcázar frunce el ceño.
—¿Fijó algún bloqueador de noticias a las señales que mienten sobre los Presidentes? Para que se oriente, me refiero a aquellas que enarbolaron ficticios alegatos de corrupción en el gobierno conservador del Presidente Badajoz el mes pasado.
—Mire, no disputo que haya una parcialidad liberal, pero…
—Pero usted no censura esos canales.
—Esos canales no propician la intolerancia.
Alcázar frunce el ceño.
—¿Algún bloqueador para los llamados Canales Blancos? ¿O el racismo y la misoginia no son de suficiente interés para…?
—Mire, sé que hay mucha basura siendo televisada, si bien…
—¿Y qué me dice de sus profesores?
—¿Mis profesores?
—Una encuesta reciente reveló que seis de cada siete profesores votaron por el candidato liberal Aragón en las últimas elecciones. El lema de las movilizaciones docentes se leía de punta a punta del país: “Si los conservadores dejan de mentir sobre nosotros, dejaremos de decir la verdad sobre ellos”. ¿Esta situación no le sugiere una parcialidad compartida en la academia?
—Objeción.
—Declinada —dictamina el Juez—. Prosiga, Sr. Alcázar.
—Tenemos incontables programas de televisión. Demasiados para seguir de cerca. Cada día presenciamos todo tipo de opiniones siendo vomitadas a través de las señales televisivas y radiofónicas. Extremos a la izquierda, a la derecha, ¿y lo único que usted bloquea…?
—En realidad, eso no es cierto. Hay todo tipo de programas que no permitimos.
—Pero éste es el único canal de noticias.
—Mire, ¿qué denota que estén fabricando dispositivos para bloquear esta señal en particular?
—Indica que la censura es popular. No implica que sea correcta.
—Y como director, soy yo quien debe tomar esa decisión. Y déjeme decirle esto: estoy orgulloso de ser…
Alguien en la galería estornuda.
—…ino. Tengo una bandera colgando de mi ventana. Rezo por esas tropas todas las noches. Incluso, hasta eduqué algunos de esos jóvenes. Ellos están allá luchando por la democracia, lo que incluye su derecho a cuestionar al Gobierno. Y que esta cadena de noticias esté afirmando lo contrario me ofende como director, y como ciudadano.
—Ya veo. Entonces usted suprime contenidos para promover la democracia.
—Se lo repito, amordazaré cualquier contenido que propicie la intolerancia.
Guernica le avienta a Alcázar una mirada acérrimamente inflexible.
Ésa, es mi postura.

*   *   *

—Siempre he creído que nuestra nación no es sólo uno de los países más firmemente contundentes, sino que también uno de los más sólidamente morales.
—¿Entonces, naturalmente, eso es lo que la alentó a decirle al Gobierno “¡Basta!”?
—Es que me sentí tan abochornada…
—Abochornada. ¿Por…?
—Bueno, digo, en un principio, todo este tema de las Armas de Aniquilación Absoluta. Quiero decir, tal vez mentimos, tal vez nos equivocamos, pero sea como sea, el armar semejante fiasco bélico fue…
—Ajá. ¿Eso la abochornó?
—¿A ustedes no? —Miranda encuesta, aludiendo a los miembros del Jurado— ¿Acaso a ustedes no?
—¡Sheñorita Miranda! No she aboque al Jurado —ordena el Juez.
—De acuerdo, perdón.
El Fiscal sonríe furtivamente y resume el interrogatorio.
—Entonces sería correcto decir que usted está en contra de la Guerra.
—En realidad, no es así. Si el Gobierno hubiese dicho: “Tenemos que hacer algo para mitigar el terrorismo”, yo habría respondido: “Adelante, vamos”. Y si nos hubiésemos disculpado por aquel monumental desliz de las Triple A, también habría armonizado con el Gobierno. Pero en cambio fuimos tan arrogantes, tan bochornosamente arrogantes…
—Ya veo. ¿Algo más?
—Tortura. Nuestro ejército torturó prisioneros de guerra. ¿No se supone que somos el país que simboliza, que acuerpa los derechos humanos? Quiero decir, ¿no hace que les den ganas de esconderse? —pregunta Miranda, refiriéndose a los miembros del Jurado.
—¡Sheñorita Miranda!
—¿Y el espionaje? ¿Ahora espiamos a nuestros propios ciudadanos? ¿Todo esto para luchar contra los terroristas porque son una amenaza para la libertad como la conocemos? Quiero decir —Miranda ríe en nerviosismo—, ¡es como quemar el granero para matar las ratas! Sinceramente, no puedo creer que yo sea la única abochornada por esto.
El Fiscal asiente condescendientemente.
—¿Qué hay con el Ejército, Srta. Miranda? ¿La abochornan nuestras tropas?
—Siempre he estado tan orgullosa como agradecida de nuestras tropas.
—Ahora bien, usted estableció que está a favor de la Guerra. ¿A favor de ganarla, supongo?
—Por supuesto.
—Entonces, ¿qué posibilidades cree que tenemos de ganarla si la gente empieza a dejar de pagar sus impuestos?
—Pues… imagínese.
—Me imagino. ¿Qué imagina usted?
Miranda desvía la mirada.
—No muy buenas.
—Pero especulo que si está suficientemente avergonzada de su nacionalidad, está bien dejar de…
Leónidas se pone de pie súbita y bruscamente, haciendo caer su silla.
—Ella nunca dijo que estaba avergonzada, ella dijo abochornada. Una distinción frecuentemente obviada por aquellos que amalgaman discrepancia con disidencia —tercia Leónidas.
Shiénteshe, Sheñor Leónidash.
—Estoy sentado. Ah, no, perdón. Pero me iba a sentar después de objetar al palabrerío del Fiscal…
—¡Ahí va de vuelta! —protesta el Fiscal.
—Ahí voy de nuevo.
Shufishiente sharlatanería, Sheñor Leónidash. La cueshtión aquí esh, ¿pagó shush impueshtosh? No. Ushted guarde shilencio, Sheñor Leónidash. Y Sheñor Fishcal, shiénteshe mientrash lleva la delantera. Tendremosh argumentosh de shierre, y luego el Jurado dará shu fallo, y luego yo decretaré la shentencia.
—Pequeño detalle, Su Señoría. Probablemente no debería indicarle al Jurado que usted espera una sentencia, pero podría estar equivocado.
—¡Bashta de chishmeteríash! —exclama el Juez furiosamente, doblegándose ante un acceso de tos.

*   *   *

—Básicamente, nos ofreció cien en efectivo para que peleásemos, una vez que el primer hombre contratado fue derribado —ilustra un hombre singularmente fornido.
—Ajá. ¿Y usted tomó el dinero?
—Sí.
—¿Y peleó?
—Sí.
—Gracias, Sr. Uribe.
El Fiscal se dirige a su asiento, pero no llega a sentarse.
—Interesante —remarca Tornasol, irguiéndose—. Acordamos estipular los hechos, creo que está de más decir objetivamente, y de todas maneras la Fiscalía se esmera por distorsionarlos sin mayor problema.
—¡Objeción!
—En suspenso —dicta el Juez—. Explíquese, Sr. Tornasol.
Tornasol asiente.
—Sr. Uribe —Tornasol se dirige al declarante—, como testigo de la Fiscalía, usted sabe que la historia no sucedió con aquella precisión literal con que mi amiga la narró, ¿verdad?
El hombre asiente.
—Con eso en mente, yo no dije: “Aquí tienes cien, ve a pelear”, ¿estoy en lo correcto?
El hombre asiente.
—¿No le pedí primero a su amigo, el derribado, que vindicase una agresión cometida sobre mí?
El hombre asiente.
—Acto siguiente, al caer derribada la primera persona que contraté, yo lo recluté a usted, y eventualmente al resto del contingente, a fin de suplementar los esfuerzos de esta primera persona, ¿cierto?
El hombre asiente.
—A continuación, averiguamos, a las malas, que este tal Brulio tenía un puñado de colegas al alcance de la mano, ¿miento?
El hombre sacude la cabeza en negación.
—De hecho, en un principio, los compañeros de Brulio transformaron la riña en un altercado de mayores proporciones, ¿coincide?
El hombre asiente. Tornasol esboza una sonrisa.
—Y como amigo del primer hombre derribado, ¿está de acuerdo conmigo cuando digo que usted no hubiera saltado a la contienda si yo no le hubiese ofrecido el dinero?
El hombre sacude decididamente la cabeza en negación.
—No. Lo habría ayudado aunque usted no me hubiese ofrecido el dinero.
—¡Bien! Ahora, dado su honesto y franco testimonio, el cual ha aportado un nuevo enfoque crucial para el esclarecimiento de lo sucedido en el bar aquella noche, ¿se consideraría usted un testigo más para la Fiscalía o para la Defensa?
El hombre, claramente, piensa.
—Um… para la Defensa, supongo.
—Gracias, Sr. Uribe —dice Tornasol, sonriendo—. Merece otros cien.

*   *   *

El abogado defensor del Sr. Santos se pone de pie y circula resueltamente hacia el centro de la cámara. Se ajusta formalmente la corbata y se aclara la garganta resueltamente.
—Acérrima globalización. Colosales mega-corporaciones. Irremontables exigencias comerciales. ¿Cómo puede un pequeño empresario siquiera soñar con competir? Dos maneras. Debe ofrecer un producto o servicio inigualablemente único, y debe mantener sus costos a raya.
El abogado defensor da media vuelta, estira su brazo y apunta con el dedo índice a su cliente.
—Aquí tenemos al Sr. Santos. Él dirige una inmobiliaria de primera categoría. Y quiere hacerles bien a sus empleados, como enuncia la ley, proveyéndolos de Seguro Médico. Pero, ¿qué sucede si no mantiene ésta, su tarifa más onerosa, en jaque? Lo pierde todo. ¡Entonces! ¿Cómo actúa? Instituye una estricta norma de no-fumar. Así, el Sr. Santos no sólo reduce sus gastos, sino que también favorece a sus empleados, dándoles motivación para abandonar el cigarrillo. Ahora, la Srta. Celada conocía la política de la compañía con respecto al asunto. Se le confirió amplio tiempo para dejar de fumar, y se le dejó en claro que, de lo contrario, sería despedida. Sin embargo, antepuso sus cigarrillos al trabajo. Por tanto, tomando en cuenta que la Srta. Celada es una empleada “a discreción”, el Sr. Santos tuvo, y tiene, el derecho legal de despedirla. Y en cuanto a lo que el cigarrillo está haciendo con su salud, tranquilamente puede leerlo en la etiqueta de sus atados.
El abogado defensor sonríe deferentemente y regresa a su asiento. Celada clava una mirada insidiosa en él. Honorio apoya una mano en su muñeca reconfortantemente.
—Su cierre, abogado —el Juez le demanda a Honorio.
Honorio se pone de pie lentamente y deambula pausadamente hacia el centro de la cámara. Se abotona el saco con calma y se ensimisma un momento.
—El gran Zósima, el insigne dramaturgo y filósofo del Siglo XIX, tenía una opinión bastante ictérica de nuestro peculiar país. Él dijo: “Mientras que su Constitución y sus Fundamentos fueron establecidos para prevenir la autocracia política, en el proceso moldean una sociedad donde cada intendente es un dictador, donde cada hacendado es un dictador, donde cada empleador es un dictador. Todos con la subsistencia de sus trabajadores aprisionada bajo su potestad.”
Honorio se aclara la garganta con tenacidad.
—Si el Sr. Santos desea inmiscuirse hasta en los más triviales aspectos de las vidas de sus empleados durante el trabajo, sea cual sea su finalidad, la ley no sólo lo respalda y apoya, sino que, convengamos, lo alienta. Y dicha finalidad, redimir los costos de su Seguro Médico, resulta invariablemente paradójica, estimando que las acciones de la Srta. Celada en su trabajo siempre han sido loables. Aún así, esto no le bastó al Sr. Santos, quien no titubeó en coronarse emperador en la casa de su empleada, donde la encontró fumando, algo que no está contra la ley, algo que no le incumbe en lo más mínimo, pero que sin duda no lo molestó a la hora de despedirla.
Honorio golpea su puño contra su palma.
—¿No deberíamos ser capaces de tener vidas privadas que no estén gobernadas por las personas para quienes trabajamos? ¡Santo Dios! No puedo creer que haya preguntado eso en una corte de este país. Ojalá y llegue a casa a salvo esta noche.
Honorio iza la mirada.
—Su Señoría, el Fundamento de la Privacidad, como usted bien sabe, se halla garantizado bajo nuestra Constitución. Pero ahora, gracias a nuestra Corte Superior, ese derecho está titilando como la luz de una vela en el viento. Y la brisa está empezando a tomar fuerza. Aún así, el Juez Superior Jaigton y los de su calaña no están juzgando este caso. Usted sí. ¿En qué punto diremos, dirá usted, que en tanto que no violemos la ley, otras personas no pueden dictar lo que hacemos en la intimidad de nuestros hogares? Su Señoría, cuando considere este caso en la privacidad de sus aposentos, donde ni policías ni abogados ni santos pueden entrar, piense en los agonizantes, moribundos jadeos de nuestro Fundamento de la Privacidad, y considere lo sería de nuestras vidas si éste, Dios no lo permita, terminase de fenecer.

*   *   *

—Todos, y no exagero al decirlo, todos los grupos de Análisis de Medios etiquetaron a la Droite como la cadena más parcializada, más inclinada a nutrir una ideología ultra-conservadora.
—¿Y qué? —replica el Juez— El prejuicio político corre desenfrenadamente a lo largo y ancho del negocio de la comunicación. Incluyendo la tendencia liberal.
—No estamos hablando sobre un leve declive, Su Señoría. Una encuesta reciente reveló que mientras más gente ve este canal, menos sabe sobre política exterior, y más predispuesta está a apoyar al Gobierno. Esto podrá ser buen espíritu de equipo, pero es verdaderamente deshonroso periodismo.
—Pero vamos, Sra. Fiscal, usted habla sobre la democracia, ¿qué clase de director inyecta censura en el ámbito académico?
—Um, Su Señoría, ¿si me permite? —interviene Guernica.
El Juez asiente.

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