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El pájaro azul

 Las primeras semanas del mes de noviembre transcurrieron rápidamente para la ansiosa familia que esperaba la llegada del día veinte, pues Alejandro, el pequeño fruto de Adita y Enrique, cumpliría cinco años.

     Los preparativos de la fiesta habían comenzado con antelación. Su mamá tenía guardados caramelos, libretas, acuarelas, lápices de colores y muchos globos para la piñata. El padre coordinó con un amigo suyo para que le hiciera un cartel enorme con el siguiente rótulo: Felicidades Alejo. Los tíos y demás amistades conseguían los comestibles que se ofertarían en la gran celebración. El abuelo tenía en mente el diseño del regalo, que a su entender, sería el mejor para un niño de la edad de su nieto.

     Dentro de los invitados estarían sus amigos: Cuqui, Anita, Clarita, Robertico y los yuyú (Yusimí, Yusniel, Yusleidis, Yudelkis y Yusmel), amistades de los padres y algunos otros que se invitan por instinto.

     La fiesta comenzaría a las cuatro y treinta de la tarde. Ada y Enrique estaban despiertos desde las seis de la mañana. La piñata fue de las primeras cosas que se prepararon. Era un avión azul con los cristales delanteros blancos y las rueditas tan negras como el letrero que portaban el avión: Vuela conmigo. Los padres habían escogido aquella figura porque su hijo estaba obsesionado con volar.

     A las nueve llegó Armando, el abuelo. Alejo al verlo corrió a su encuentro, todavía soñoliento, con una amplia sonrisa y un montón de dientecitos blancos. El abuelo lo cargó en sus brazos y lo abrazó muy fuerte. Le dio muchos besos mientras le decía- ¡felicidades mijito!

    Tenía unos cincuenta años, algo grueso, con algunas entradas, pero sin una calvicie prominente. Alto, alegre a pesar de los años y las penas. Había enviudado hacía unos tres años y desde entonces, vivía para el mayor tesoro que su hijo había sembrado en el vientre de aquella rubia delgada y simpática que conoció una tarde de febrero, cuando Enriquito se la presentó.

-¿Abue qué es eso?
– Tu regalo.
– Quiero verlo.
-No, no es hora.
Era una caja de un azul intenso, extensa y tan ligera como una pluma.

Los arreglos continuaban y la casa parecía un hormiguero.
-Llegó el cake-gritó alguien.
-¿Dónde lo ponemos?
-Déjalo en la cocina.
-Pon los panes en aquellas bandejas-decía Magda.
-¿Y el cuchillo?
-Corre la mesa Enrique.
-Mi amor, el mantel.

      Mientras tanto el pequeño sentado en el portal de la casa, pensaba en aquella caja que traía el abuelo y que pronto él tendría en sus manos.

      Armando se había dirigido al cuarto de su nieto con el regalo y un maletín carmelita en las manos, para buscarles un lugar seguro en aquel recinto de chiflados. Al terminar caminó hasta llegar al portal, allí encontró a su pequeño tesoro sentado en el suelo y mirando al horizonte:
-¿En qué piensa mi capitán?
-Abue, todos están locos.
-¡Ja,ja,ja…!
-Mamá parece un carro.
-Es que están organizando tu fiesta.
-¿Qué me trajiste?- preguntó intrigado.
-Pronto, pronto- contestó con una tierna sonrisa.
-¿Las nubes son pájaros?
-Sí, en los sueños.
-Siempre están volando.
-Se mueven impulsadas por el aire.
-¿Está muy lejos el cielo?
-Solo con cerrar los ojos te faltará poco para llegar.
-Cuando yo tenía más o menos tu edad también quería volar y mi papá me dijo que traería un buen amigo para mí, capaz de cumplir mi deseo. Pasaron los días y papá no traía el regalo. Entonces en mi desesperación  le pregunté cuándo llegaría mi amigo. Él se sonrió y me pidió que tuviera paciencia.

    Una tarde llegó el misterio de tantos días. Venía en una envoltura de cartucho. Pipo lo puso en la cama y esperó complacido mi regreso de la escuela. Al llegar fui a quitarme la ropa y allí estaba, tranquilo, sin hablar, sólo un pedazo de cartucho. Lo abrí con un poco de tristeza, y mi cara no cambió al ver aquel pedazo de papel con cara de payaso, una corbata con muchos lazos y un ojo haciendo guiño. Corrí hacia la cocina donde estaba papá tomando café y le pregunté qué era aquello. Me miró y respondió: tu amigo. ¡Mi amigo!- dije algo enojado- él no habla.

     Salimos al patio y desenredó el hilo que tenía aquel rombo de papel. Al momento comenzó a volar, ¡ahora si que estaba lindo!: los colores de la corbata brillaban en el aire, parecía un arcoiris. A partir de ese momento todas las tardes, cuando danzaba el viento, salía a flotar con mi amigo.

-¿Habló tu amigo?
-Sí.
-¿Qué te dijo?
-Me llevó en una noche iluminada a conocer las estrellas.
-Arriba, vamos a almorzar- interrumpió Ada a los dos soñadores. Todos  comieron un poco de cada cosa. Tal vez el tropel festivo redujo los estómagos hasta convertirlos en una simple jaba para unos cuantos alimentos.
 
      La algarabía continuó después del almuerzo, nadie durmió la siesta. La tía Magda parecía un altoparlante. Cada vez llegaban más parientes para sumarse al carnaval.
-Llegó el fotógrafo- se le oyó decir a alguien.
-¿Dónde está Alejo?- preguntó Magdalena.
 
    Alejandro había ido a sentarse al lugar de antes para pensar las cosas que el abuelo le contó.
    Armando recostado en la cama junto a sus bultos, recordaba su infancia y lo mucho que soñó junto a la ventana. De repente sintió que ya no peinaba canas, que tenía en su corazón un niño de cinco años.
-Son las tres de la tarde- gritó Enrique.
    
      El tiempo pasó como la brisa. Todos los trabajos iban cesando. Cada cual fue a prepararse.
     
      La casa se llenó de niños y mayores. El abuelo lucía una guayabera blanca, un pantalón carmelita y zapatos negros. Enrique estaba tan guapo, que los años que tenía, disminuían ante cada destello de juventud que aún poseía. La madre parecía una violeta y Alejo era la imitación más pura de un ángel azul.

      Eran las cuatro y media, cuando se oyó un coro de voces que interpretaban la canción de los festejados:
¡Felicidades Alejo en tu día/ que lo pases con sana alegría/ muchos años de paz y armonía/ felicidad, felicidad, felicidad!

El abuelo fue al cuarto y trajo el regalo:
-Alejo, ven.
-¿Lo abro?
– ¡Claro!

     Empezó a despedazar toda aquella envoltura y al final del destrozo descubrió una cara de payaso azul, con ojos saltones y una corbata con lazos del mismo color. Tenía una figura rómbica y un hilo  muy largo. Era igual al del cuento del abuelo.
-¿Es un amigo para mí?
– Es un pájaro azul.
-¿Habla?
-Espera, quizás ahora está asustado.

     La fiesta continuaba para todos excepto para el homenajeado. Los niños fueron poniéndose debajo de la piñata. Alguien gritó: a la una, a las dos y a las tres. ¡Qué remolino! Un montón de pequeños bañados en diminutos circulitos brillosos, se agazapaban sobre  gomas, lápices, caramelos y otras golosinas que traía el avioncito.

     El padre de Alejo lo vio tan distante que se le acercó para saber que le pasaba.
-Mira lo que me regaló el abuelo.
-Bonito papalote.
-No es un papalote.
-¿Qué te dijo el abuelo que era?
-Mi amigo el pájaro azul.
-¿Te gusta?
-El abuelo dice que habla
-¡Ja, ja…! – ve a jugar con los demás niños.

      El tiempo volvió a apresurarse. La noche comenzó a caer hasta que lo cubrió todo. El cansancio y el silencio reinaban en toda la casa. Alejandro fue el primero en irse a la cama y detrás lo siguieron los demás. Por la madrugada sintió una voz que lo llamaba. Se despertó  y allí estaba el payaso risueño. Se acercó despacio, lo tomó por la corbata, se dirigió hacía la ventana y de pronto sucedió: el amigo cerraba y habría los ojos como el que quiere decir cosas que nunca ha podido expresar. Alejo lo miró sin susto, sabía que el abuelo no mentía.

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