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Onirismo

Tendida sobre el lecho de jade, el silencio bordaba dorado la comisura de sus ojos, y era tan inmenso que el brocado que se hundía bajo el peso de su cuerpo también gemía bajo el peso de sus lágrimas. El perfume de la lluvia tintineaba en la habitación, la estancia estaba a oscuras porque Yi dormía, el monzón había apagado la vela y el rumor de los espíritus.

Desde el otro lado de la celosía, temerosa de descubrirme en habitación ajena, respiraba quedamente, al unísono con el aliento de los ancestros; quería huir hacia las ocho columnas, alejarme de allí hacia un lugar que sí me perteneciera; pero debía permanecer inmóvil y en silencio. Pasaron unos minutos y mis ojos se habituaron al claroscuro; pude entonces observar cada palmo de la habitación que, poco a poco, dejó de parecerme extraña: recordaba haber entrado la noche anterior con los párpados pesados, haber alimentado los peces del estanque, haber cambiado la atmósfera de la habitación llenando las fuentes de din deui de sésamo cuyo olor se mezclaba con los vapores incensarios y el aroma de flor de loto, haberme tendido en el brocado de seda, sin desvestirme, y haberme dormido al fin cuando la luna ya hubo comenzado a alejarse de la cumbre del cielo.

Entonces la joven se movió, entonando el grito de los pigargos y seguidamente los nueve cantos, mirando oblicuamente las flores marchitas en el océano de suelo sobre el que descansaba su lecho solitario; pero cuando recitó cándidamente los versos de Lu Ji, cuando penetró el palacio umbrío de bambúes y hubo recordado en voz alta los vientos de las primaveras y la tristeza de los otoños, cuando su memoria se reflejó brillante en los pétalos rojos de las peonías, entonces comprendí que aquella que lloraba era yo misma, y que lloraba en sueños; despierta, me dije, levántate antes del amanecer: y desperté tendida sobre el lecho de jade, el silencio bordando dorado la comisura de mis ojos, y era tan inmenso que el brocado que se hundía bajo el peso de mi cuerpo, gemía bajo el peso de mis lágrimas.

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