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Poeta y princesa

¿Ves a aquel hombre que camina a lo lejos?…¿lo ves?… ese hombre de gabardina grande y gris lleva una carta enterrando un mal sueño en su mano derecha, y marcha al vertedero a desnudarse contigo y a abrirse también el pecho. La carta va dirigida a ti, y aunque tú no lo sabías entonces, ahora yo te lo digo, es la copia del mismo correo que te envió esa tarde premonitoria de niebla. ¿Recuerdas?.. Pues ese hombre es un cobarde, sí, un cobarde, siempre lo fue, su infancia raquítica y miope se llenó de escupos de compañeros sobre hojas emborronadas y palabras. Siempre andaba con las rodillas huesudas marcadas por dientes saltados a puñetazos, siempre con la cara de lágrimas de tierra ensuciando sólo la almohada y en días alternos. Cobarde. Ese hombre siempre se ha escondido de una gota bajo un gran paraguas y hoy lleva esa carta en la mano, esa carta que era para ti. Recuerdo como si fuera hoy que al llegar a la pubertad se convirtió en un mirón compulsivo, y amó poco, muy poco, con toda la ignorancia de un recién llegado con toda la tozudez de un vencido, con la misma mierda miedica de siempre supurando por toda su piel. De sus manos delgadas parecían brotar lágrimas y tenía ese caminar. ¿Lo ves?… siempre tuvo ese mismo caminar casi fantasmal. Pero parece que ganó en aplomo con los años, parece que sus pies por primera vez suenan sobre esa tierra que de niño tuvo que comer tan llena de escupos sobre libretas y de palabras mal paridas sobre trozos de papel. Fíjate, parece que con su caminar de hoy revienta la grava haciendo saltar los dientes a las bocas de los que
se rieron de él, ja, risas reventadas sobre la grava. Sí, siempre me
hubiera gustado verlo así y no tiritando. Y la carta, tu carta al fin…
si te fijas también ganó en aplomo respecto a sus poemas, aunque cuando se decide a no romper lo que ha escrito. Ya ves… ¿Quieres leerla de nuevo?… Aunque para qué… ya lo hiciste ayer tarde y ya acudiste a tu cita con él, y ahora no hay marcha atrás… Sí, en el fondo tenía razón, eras una princesa, una princesa muy lista. Te  voy a recitar ese último verso que te conmovió y que fue el que te empujó a enfundarte en el abrigo rojo de botones negros y salir. Porque quizá ese último verso es lo que te justifique lo que tienes. Ya no sé.

¿Todavía me escuchas?

Como en un mal sueño
aúlla de dolor el lobo
y rabia y pena desesperan de nostalgia de la nada,
y cae carnívoro
por un precipicio de espinas y llora
sangre lamiendo una a una las heridas
bajo el calor de un sol verde.

Quedó bonito… es una lástima que al fin te lo enviara, una lástima que tú y tu abrigo rojo y con botones negros acudierais a la cita.. Por cierto, estabas preciosa. ¿No te lo había dicho…?

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