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Las paranoias de un escritor famoso

Gracias a mi seudónimo, o por culpa de él, mucha gente de las que se atreven con esta columna de humo cada domingo no pueden llegar a poner cara a este junta letras. Reconozco que, en la mayoría de las ocasiones, eso lo tomo como un privilegio pues así no doy muchas opciones de acordarse de mi parentela o criticarme gratuitamente de forma directa. ¿Cobardía? Creo que no, que es más bien defensa propia ante quienes pudieran extremar cualquier comentario que uno haga llevándolo a lo personal en la vida normal. Peco de soberbia creyendo que voy a ser reconocido a la primera letra que se publique y, cuando lo pienso, cada vez estoy más convencido de que lo de escribir con seudónimo es un poco “postureo”, como dicen los modernos de ahora, por no decir “gilipollez” que era lo que se decía en mi época. Y que conste que mi época no es de hace tanto.

A veces sueño con ser un escritor famoso (otras me lo creo), con firmas de libros multitudinarias, con ferias del libro como la de Madrid, en la que si te pierdes un poco y apareces en Lugo, teniendo que inventar o repetir, según tenga uno el día, miles, millones, de dedicatorias para el niño, la niña, la señora o el caballero. Me imagino por la calle acosado por lectores que, con poca educación y más malas formas, te avasallan como si fueras suyos. Los habrá también que resulten amenos, agradables, fáciles de despedir. A estos últimos, desde aquí les mando un cordial abrazo y espero verles en el bar más cercano.

Pienso cuando navegue en la cresta de la ola literaria, en la cantidad de gente que se acercará en eventos distinguidos haciéndose los cultos por haber leído a Tom Sawyer, que no es que esté mal el muchacho y las novelas, pero hay más miga en el pan como para quedarse en la corteza de la teta. Me asusta la nominación al Nobel, pero estoy seguro de que iría, al menos para comprobar el frío que hace en Estocolmo, aunque me temo que sería vetado por no poner mi nombre en mis columnas. Peor para ellos. Se pueden quedar con sus 8 millones de coronas suecas, pues ya me ventilaré yo por aquí la forma de que no me falte un tercio de Alhambra Especial con una buena tapa.

Otro problema serían las reuniones con otros escritores que sí son escritores de verdad, es decir, viven de eso y por ello son profesionales. Ya me veo descojonado de la risa al lado de Pérez Reverte mientras éste se está cagando en tal o cual político, o repartiendo hostias a diestro y siniestro. O preguntando a Vargas Llosa por el Masterchef de su hijastra o la porcelana de la señora (¿o eso ya lo dejó?). Incluso compartiendo proyectos con mi admirado Eduardo Mendoza al que nunca le podré agradecer lo que supuso en mi carrera de lector. Con todos estos, y, por supuesto, muchos más, estoy seguro de que no me aburriría, con unos más que con otros, aunque a la hora de firmar autógrafos y posar en selfies de rigor me quede un poco atrás en la demanda.

Otra cosa es cuando optemos a un sillón de la RAE. Ahí sí tengo yo mis contactos y me veo bien colocado en la elección del sillón, pues mi colega Benito trabaja allí de bedel y conoce cada uno de ellos como si los hubiera tapizado él mismo. Ese plus acaba decantando la balanza en cualquier momento. Aunque luego tendré el detalle humilde de hacerme la foto con el resto de aspirantes, llámese como se llame, atendiendo a todos los medios que me lo soliciten, incluido Telecinco.

El Planeta, el Nadal (nada que ver con Rafa), el Cervantes, Premio Princesa de Asturias y demás gaitas siempre tendrán en mí un seguro asistente. Y es más, si por circunstancias que nunca se pueden prever hiciera falta aumentar el número de presentes para dar más boato al evento, tengo en agenda un nutrido grupo de amiguetes que sin duda estarían encantados de asistir a los mismos, dotando a los actos de un nivel superior en alcurnia y linaje. No nos habríamos visto en otras, así que, si su colega de siempre, el que escribe, tiene capacidad de arrastre, allí que van con alegría sobrada y todos sus gastos pagados.

Se me acaba la fama por hoy tan rápida como se disipa el humo de esta columna, pero al menos he pasado un rato divertido y espero que el lector también. No descarto volver algún domingo al famoseo, por supuesto conmigo como protagonista, faltaría más, pero intentaré dejar un buen período de tiempo para no entrar en la tentación de crear una saga del disparate de la que estoy seguro habría más adeptos.

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