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De cuando yo sea grande

A tod@s alguna vez en nuestras infancias se nos ha preguntado que qué queríamos ser de mayor, y yo recuerdo que, ante la formulación de dicha cuestión, siempre me quedaba callado, como encasquillado, y, ahora que, al proponerme redactar este artículo, me paro a pensarlo, discierno que eso me sucedía fundamentalmente por dos razones muy distintas:

1).–Porque yo quería ser de todo.

2).–Porque entendía que yo no tenía que esperar a ser mayor para ser algo, porque, dado que ya con solo seis añitos, y a la sombra de mis padres, me comencé a incorporar gradualmente a las tareas de nuestra tahona, ya tenía suficiente noción de ser algo; y que ese algo que ya era (o estaba comenzando a ser en mi despertar) me colmaba del mismo modo que, por ejemplo, a un magistrado le puede llenar ser juez, o a un atleta ser saltador de pértiga, o a un maestro de ajedrez ser campeón del mundo. Es decir, que yo no entendía por qué había que demorarse en crecer y hacerse adulto para defender una profesión o tenerla clara como objetivo.

¿Qué quieres ser de mayor? ¿Qué, cuando seas grande (solamente les faltaba añadir: y estés en tu sano juicio)?

Unos contestaban que bomberos, otros que médicos, aquellos que astronáutas, estos que cerrajeros, los demás allá que toreros y los de acá que titiriteros o perroflautas; yo, me quedaba mudo.

(Recuerdo ahora, y a este respecto, que ha ya algún tiempo mi finado amigo Jakob Surek declaró en un programa de radio que a sus setenta años aún no sabía qué quería ser de mayor, cosa que por un lado me hizo su gracia, aunque por otra sabía perfectamente que hablaba muy en serio. Quizás le sucedía algo parecido que a mí.)

Así pasaron los años (sin qué importase un bledo qué quería o dejaba de querer ser de mayor) hasta que, al terminar la EGB, es decir, el octavo curso, en cierto modo la vida me volvió a plantear el asunto, al tener que decidir si debía inclinarme por cursar el bachillerato (como todos pensaban) o decantarme por la desprestigiada Formación Profesional.

Al escoger la FP de la rama de electrónica, no más que por llevarles la contraria a todo el profesorado, Don Rafael, el director del colegio universitario, muy preocupado por mi elección, me llamó a su despacho (cosa que él no había hecho jamás) e intentó para mi bien hacerme reflexionar al respecto, mas yo me cerré en banda y le dije que lo que yo quería era desarrollar, como el común, un oficio, que no me gustaban los caminos fáciles y que no me veía para nada encerrado en un gabinete, que lo que yo quería era una profesión común como el grueso de mis paisanos, revés que consiguió descolocarle y consentirme, de manera que cursé la FP no más que porque me gustaban los equipos electrónicos a rabiar y los circuitos impresos y los condensadores, que no sus cálculos y matemáticas, como luego se habría de ver al estudiar los teoremas de Thevenin y Norton, y cotejar que tod@s mis amig@s eran de BUP, porque el alumnado de FP se me ofrecía de lo más soso y anodino, a excepción de mi buen amigo Bernal, quien tiraría la toalla a mitad de curso, de harto como estaba del mal rollo que se traían los jerarcas de turno con el alumnado en la Universidad de La Coruña.

En la mili (Melilla, 1984) volvieron a tentarme para que me reenganchase de cabo primero y jefe de carro de combate, pero yo ya tenía claro que lo que quería era relevar a mi padre, que se jubilaba, y seguir con la comandatura de la tahona, que era un oficio que creía conocerme al dedillo; y en ella estuve hasta que, en 2009, se me vino la albarda a la barriga por roles que no voy a deletrear aquí y, tal y como lo cuenta J. R. Alonso de La Torre en su artículo titulado «¿Panadero o novelista?», que publicó en el diario regional, a solas se lo puse muy claro a Dios y éste me dijo «¡Pues, chico, yo creo que ya le has sacado a la panadería todo lo que le tenías que sacar! ¡Está bien! ¡Está bien, muchacho! ¡En tanto veo y sopeso tus muchas ganas te daré una oportunidad a bordo de la pluma y de la mano de tu tan honrada tinta!». De manera que les vendí la tahona a mis empleados (que se asociaron) y acto seguido me di de baja laboral, por el tema de la bipolaridad, y un año más tarde me jubilé, para venir a dedicarme a manos llenas y a pleno pulmon a escribir como un poseso.

Yo no estoy todavía seguro de ser mayor a mis cincuenta y seis años, ni tampoco, a juzgar por mis obras y sus envergaduras –dos millones de kilos de harina trabajados artesanalmente y más de siete mil páginas cubiertas–, sé precisar si soy grande, mas estoy seguro de que si Dios y Las Musas siguen dándome carrete y coba, puedo llegar aún muchísimo más lejos.

Mas es obvio que ser grande, aparte de contar con unos méritos indiscutibles, loables y de lo más nobles, requiere del reconocimiento del prójimo (que para mí, y en tanto mi meta literaria es la de ser un clásico de nuestros días, no es más que una especie de efecto secundario), y ya sea en vida o a título póstumo, aunque como es natural, preferiría conocerlo, de modo que yo tuviera perfecta noción de qué diablos es ser verdaderamente grande.

Porque si yo llego a ser grande va a ser la repera en prosa y verso, y me refiero a ser grande de veras, como tantos y tantos genios de carne y hueso que bien saben o han sabido hacerse a sí mismos de la mano del trabajo honesto y nunca del pelotazo de una casualidad. Porque cuando yo me refiero al hecho de ser grande, me refiero a ser grande de verdad, con todas y cada una de las letras.

Y mi manera de ser grande no quiero que lo sea como resultado de un buen negocio sino de mi arte  y mi talento y mi laboriosidad; es decir, yo quiero ser grande de verdad, no de pacotilla, grande en mí, y luego en los demás.

Yo estoy convencido de que si en lugar de ser un Autor Independiente de Mala Muerte que no tiene padre ni madre ni perro que me ladre, estuviese bajo el paraguas de una potente editorial o una pode-rosa agencia literaria ha tiempo que me andaría fumando en pipa; mas yo no quiero ser a ningún precio carroña de hienas ni de buitres desconsiderados, si no que yo quiero seguir siendo yo y ganarme el estrellato, si me llega, por mis propios méritos y no por pura suerte ni tampoco por haber vendido mi alma a ningún diabólico merchante de arte, no.

Si yo llego a ser grande; quiero decir, si yo, tal y como soy, consigo algún día ser reconocido por mi prójimo y vivir de mi escritura como antes lo hacía desde mi obrador, me parece que no voy a pasar inadvertido y que van a repicar mucho las campanas en mi honor, qué leches.

Manejaré muchos billetes que, por entrarme con alegría, del mismo modo saldrán y, con mucho más juego, viviré, sí, como vengo viviendo, es decir, a lo loco, que ya dice la canción que es como se vive mejor, y si me apetece convocaré el premio literario mejor remunerado del orbe y de todos los tiempos, de cuanto tengo clara la importancia que juega la literatura en el desarrollo mental de la humanidad, que es a la que tanto pretenderé salvar porque yo ya estaré libre de todo pecado por haberme plenamente realizado, y seguiré escribiendo y escribiendo, en tanto es una actividad que no pienso abandonar jamás; quiero decir, mientras goce de la salud mental que mientras escribo estas líneas me señorea.

¡Anda que no van a flipar de lo lindo los avaros y los bancos y las putas que los parieron! ¡No pienso ahorrar ni un pavo! ¡Cuando yo sea grande lo seré por los cuatro costados, y si te he visto no me acuerdo! ¡Me entrarán solos los caudales, y solos los dilapidaré en las causas que yo considere de primerísima importancia!

Así, entre otras muchas buenas cosas, procuraré restaurar la salud del planeta, mitigar el hambre del tercer mundo, y educarlo también en sus bondades, reírme del capitalismo, el socialismo y el comunismo en sus propias caras e implantar la buena fe como norma de conducta; trataré de entonar cuanto crea conveniente y si los secuaces del Maligno osan oponérseme los crucificaré con versos y estampas semejantes, porque Dios estará conmigo y mi ejemplar ejemplo, y válgase y mucho la redundancia; de manera que llenaré al mundo de lucidez, que es lo que éste más necesita, y lo libraré de sus estupideces, idiotizaciones, locuras y ensoñaciones porque mi luz será semejante a la del Mesías, y mi palabra de lo más capaz.

Luis Brenia según Vidal Méndez Moreno

Enseñaré a los hombres y mujeres, viejos y niños a convivir con sus alegrías y desgracias y les haré ver que nada merece la pena más en esta vida que encontrar su mejor voz para saber dirigirse al Altísimo, su prójimo y ell@s mism@s; porque a quien no habla difícilmente le puede oír Dios; y ya nos enseñó el gran Marco Aurelio, el hombre más poderoso de su tiempo, que en la medida en que puedan las personas deben dedicarse a interceder con las entidades divinas, ya que esta vida es vista y no vista, y los grandes favores se han de procurar después de nuestra muerte, y no antes como pregonan las mentes cortas que solo creen en lo que ven y jamás en cuanto se nos oculta tras las estrellas y los átomos.

Cuando yo sea grande –pues sé que si es que aún no lo soy, sin duda alguna, lo seré– seguiré escribiendo cuitas literarias pendientes en mi haber; no se vayan a pensar que optaré por dormirme en los laureles, y allí me las den todas; no, pienso escribir cuanto pueda y hasta que pueda porque yo soy todo un artista auténtico y de pies a cabeza, con toda mi vida por escuela (primero desde mi obrador –sobre el que ya me extenderé lo mío en posteriores artículos si Dios me lo consiente– durante los que fueron mis cuarenta y seis años de militancia, y luego desde mi tintero).

Y aún cuando vaya a Estocolmo a recoger el Premio Nobel (pues pienso merendármelo, si es que no la palmo antes), pienso ser en esencia el mismo que redacta estas líneas: un literato fiel y responsable, humilde como hombre, y bravo y arrogante como artista. ¿Okey? ¡Pues vayan apretándose los machos!

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