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Desahogos necesarios

Hace unos días, estábamos mi mujer y yo en la caja de un conocido supermercado, cuyo nombre rima con bombona, procediendo a pagar la compra semanal a la que habitualmente solemos ir juntos, para que no se le acumule todo a uno solo de los dos. Yo me suelo colocar al final de la misma, recibiendo los artículos que ya hayan sido pasados por la máquina encargada de hacer la cuenta y ordenando los mismos en el carro de mano como si de un tetris se tratara. Coloco lo más pesado en la parte inferior y voy formando una columna en el interior del receptáculo de tela hasta alcanzar el borde con los productos más frágiles como huevos, tomates o alguna fruta o galletas. Todo, como he dicho, con un completo estudio de la consistencia, volumen, peso y forma de cada pieza para decidir en qué posición y lugar se debe situar para aprovechar al máximo el espacio.

En esas estaba, muchas veces contemplado con asombro por señoras y/o señores que me llegan a felicitar por mi pericia en el ensamblaje final, cuando me comenzó a llegar una conversación que tenía el cajero que nos atendía con mi esposa. Apenas tendría 30 ó 35 años y felicitaba a mi mujer, medio en broma, por el equipo que formábamos, ella y yo, en ese cometido. Le agradaba vernos, cada uno en su papel, con ella extrayendo las cosas del carro del súper en el teórico orden que yo las debería recibir para que no hubiera atasco en mi función anteriormente narrada. Se alegraba el buen hombre del entendimiento entre ambos lo cual aumentó cuando ella le puntualizó la de años que llevábamos juntos “como para no entendernos”, remató la apreciación.

Yo seguía a lo mío, pero fue decir eso ella y comenzar un monólogo del caballero que, aunque algo la conoce de forma muy superficial, de vernos por allí alguna que otra vez, no dejaba de llamar la atención la explosión descargada por su boca en lo que parecía un desahogo necesario de algo que lo tenía oprimido por dentro. Partiendo de la felicitación a nosotros por nuestra persistencia como pareja, comenzó a describir la envidia sana que nos tenía por lo mal que lo estaba pasando desde hacía unos meses. Un “¿te has separado?” que dedujo mi mujer, y que preguntó sin mayor intención de hurgar más de lo necesario, supuso el silencio absoluto de la cola de clientes que esperaban detrás nuestra para seguir con auténtica expectación el desarrollo del relato.

El hombre, ni corto ni perezoso, comenzó a describir la vida tormentosa que había padecido al lado de la persona que creía amar, con múltiples engaños que se negaba a creer hasta que, y ahí los picos de audiencia eran bastante altos entre las otras cajas próximas, narró cómo la pilló con otro en su propia casa. Llegado ese momento, yo creo que hasta el de la pescadería, que estará de allí a más de cien metros, luchaba por no atender  aquella tragedia y volver a centrarse en su faena. Un clásico “no te preocupes, el tiempo lo cura todo” zanjaba aquella truculenta historia de la que seguro más de uno hubiera pagado por saber más detalles.

Camino de casa, tirando del carro y con alguna bolsa extra en la otra mano por incapacidad del continente con ruedas, no salíamos de nuestro asombro del brote de sinceridad y confesión pública que el cajero había tenido. Me llamaba la atención la descarga que había hecho frente a mi señora de algo que supongo debería hacerlo en una intimidad familiar o con algún buen amigo. De ninguna forma me había ofendido, ni a ella tampoco, pero yo lo habría enfocado de otra forma, supongo, sin hacerlo tan a vox populi. Tampoco he estado en su piel y no sé qué le llevó a ello, aunque, por lo natural que resultó, supongo que todo el que tuvo acceso a la conversación entendió en parte su actitud y, por supuesto, creo que no quedaría nadie alrededor que no se solidarizara con él en el silencio que prosiguió a la conversación en sí.

Esos desahogos necesarios contribuyen a nuestro bienestar por lo que supone de descarga emocional y de tensiones internas reprimidas. Aligeran carga de nuestra mochila particular y nos liberan de malas sensaciones que cuanto antes olvidemos antes volveremos a ser la persona con la que soñamos, sin ataduras, sin influencias, sin opresiones.

Entiendo a mi cajero, admiro a mi mujer en su saber escuchar sin el más mínimo gesto despectivo o aburrido y animo a quién lo necesite a buscar su desahogo. A mí al menos me sirve.

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