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Una decisión inexplicable

Pues como tantas mañanas de trabajo habitual, estaba la semana pasada en mis tareas, entretenido, transcurriendo un día normal, cuando sonó el teléfono como otras muchas veces. Pero esta vez no era lo habitual. Al otro lado, la voz siempre alegre y simpática de una amiga de hace muchos años, y con la que hoy en día también hay una relación comercial, me interrogaba, con pregunta escueta y directa, sobre si me había enterado o ya lo sabía.

Con esos datos, la cabeza en todo menos en la conversación, más la falta de su saludo habitual que te saque de la monotonía, era prácticamente imposible hacerse una idea de a qué se refería, así que contesté con un simple “no” cortante para que dejara de dar vueltas y me dijera la cuestión concreta.

El caso es que un, no digamos amigo, pues eso lo elevo yo a un escalón superior, pero sí un conocido desde hace unos 30 años, llamémosle X, había decidido esa mañana acabar con su vida colgándose de una cuerda. En ese momento de shock me acordé de sus comienzos, coincidentes en tiempo con los míos. Recordé a un casi niño, era unos años menor que yo, que pateaba Granada como comercial básico, hablando con unos y otros, ofreciéndose a unos y otros, ágil, listo, atento a cómo se movía el mercado para adaptarse a él o moldearlo a lo que él tenía en mente. Mi trato era puramente profesional aunque congeniábamos bastante pues nuestros caracteres eran parecidos, risueños, bromistas, optimistas, con ganas de abarcar y con muchas, muchas ilusiones de futuro cada uno en su parcela.

Lo vi crecer. Pasar, de patear las calles, a dirigir una de las empresas de nuestro sector más punteras de la provincia. Poco a poco, paso a paso. Aumentaba mercado, instalaciones, plantilla de trabajadores a su cargo. Coincidíamos menos pero siempre que hablábamos salían nuestras tonterías para reírnos o recordar tiempos pasados. Lo veía bien, luchando como todos lo hacemos, pero logrando objetivos que algún día compartió conmigo como sus sueños.

Se casó, creo que felizmente y, que yo sepa, así continuaba peleando, viendo a sus hijos crecer al igual que su empresa.

He preguntado estos días, a gente próxima de confianza, mía y suya, si alguno de esos pilares se había visto caer o debilitarse y nadie me puede dar motivos para que podamos pensar en ello, nadie sabe dar una explicación razonable a una decisión inexplicable.

Cada vez que oigo algún caso similar intento no juzgarlo a la ligera pues sé que jamás sabremos cien por cien qué pasó por su cabeza para tirar todo por la borda: su matrimonio, sus hijos, la empresa que tanto le había costado levantar, sus amigos, en fin, todo lo que rodea la vida de cualquiera de nosotros.

En esa decisión me chocan dos sentimientos. Por un lado creo que hay que ser muy valiente, o tan desesperado que te empuje a esa valentía, para ejecutar una acción que entiendo pensada, premeditada y valorada como solución que acaba, además de con tu vida, con el proyecto de la de muchos de los que te rodean. Pero por otro lado me parece un acto muy cobarde, siempre valorado con cautela pues, repito, la desesperación puede darnos el plus de valor que la cobardía nos sujete.

De todas formas, conociendo a X como creía, pues uno nunca conoce del todo a nadie, me desilusiona su decisión y me entristece pensar que así acabó un proyecto de vida, familiar y laboral, del que creo estaba muy orgulloso.

En muchas ocasiones las cosas no nos van como queremos, no nos salen como pensamos, las dificultades aumentan o se multiplican, pudiendo llegar a poner la vida de uno en grandes aprietos de los que dudas saber cómo salir, saber encontrar soluciones. En momentos así, o simplemente en malos momentos que no sean tan extremos, a mí me sirven como apoyo y vía de búsqueda de alternativas los valores que siempre he intentado cultivar: el amor de mi mujer y de mis hijas, la lealtad, cariño y seguridad de la familia y la presencia de buenos amigos, o más que buenos.

Suena antiguo, demasiado clásico, muchos me dirán obsoleto, primitivo, “los tiempos cambian”, y todas esa mil y quinientas gilipolleces, con perdón, de las que a veces me desbordo y exploto contra el que me toque a mi lado tocándome, valga la redundancia, los cojones. Si esos valores se fomentaran más, se valoraran más, se divulgaran más, si esos valores estuvieran más presentes en cada uno, más jóvenes o menos jóvenes, tendríamos muchas más posibilidades de que casos como X no se produjesen o lo hicieran con bastante menos frecuencia. Yo pienso seguir hablándolo, fomentándolo, inculcándolo, o al menos, intentándolo en la educación de mis hijas. No pierdo nada y creo que puedo ganar mucho.

X te recordaremos con esa sonrisa que solías mostrar. Valga como homenaje efímero esta columna.

Descansa en paz.

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