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Hay mucho gilipollas suelto

Estuve este puente del Día de Andalucía visitando la encantadora zona de Valdepeñas, que no conocíamos ni mi mujer ni yo, lugar muy recomendable por su amplia oferta de vinos, su preciosa Plaza de España y sus acogedoras gentes que te hacen la estancia mucho más agradable. Antes de regresar a casa, decidimos pasar por Almagro, pueblo a unos 35 kilómetros de Valdepeñas, que merece ser visto y paseado para disfrutar de su Plaza Mayor, El Corral de la Comedia y los diferentes palacetes y edificaciones de su bien conservado centro.

Habíamos concertado una visita guiada y, como de costumbre, llegamos con tiempo de sobra pues no nos gusta hacer esperar a nadie a no ser que sea por causa mayor. Siempre aprovechamos ese tiempo previo para caminar por el lugar y tener una primera visión de lo que luego nos explicarán más profundamente. Al cabo de un rato, como hacía frío y aún quedaba media hora para la cita, decidimos entrar en una cafetería próxima a la salida de la visita para tomar algo caliente. El lugar pequeño pero muy acogedor, con unos cojines hechos con la tela de unos vaqueros viejos, que a mi mujer le encantaron, que invitaban a acomodarse allí tranquilamente.

Pero como no todo iba a ser felicidad y buen rollo, comenzamos a prestar atención a un señor, de unos sesenta años o algunos más, pelo escaso y canoso, no era ningún crío vamos, que, como cliente, reclamaba al camarero que le atendía tras la barra la subida de 30 céntimos en la factura con respecto al día anterior. Muy amablemente, el reclamado le explicaba una y otra vez que había pedido café con tostada CON JAMÓN, y recalco esto en mayúscula porque era uno de los puntos en donde nuestro “enterao” de turno se atascaba. Además de argumentarle ese pequeño detalle extra carnívoro, le informaba que el día anterior habían tenido a un camarero nuevo que, probablemente, se confundiría en el cobro a favor de ellos.

Todos estas justificaciones, repito de una diferencia de 30 céntimos, parecía no oírlas el caballero canoso, al cual cada vez se le llenaba la boca más de que en “su Sevilla, en la zona de los Alcázares”, según él, tienen el precio de café y tostada unificados, juntos, que nunca le hacen diferencias en el mismo aunque pida mantequilla de Soria, leche de hormiga o Jabugo de 5 jotas. Entre medias, de vez en cuando aparecía con cara de “perdónale la vida”, la que supongo sería su señora que le instaba a dejarlo ya, “no ves que no te va a entender”, como si a quién se estuviera dirigiendo su supuesto marido fuera sordo, estuviera borracho o nativo del África profunda.

Toda esta queja teatralizada, a un extremo difícil de comprender, nos hacía a los presentes en el local mirarnos cada vez más asombrados e indignados con la actitud prepotente, soberbia y clasista del señorito andaluz típico sevillano que hace que, cada vez más y en más sitios, sean sus paisanos mirados con más desconfianza, y hasta desprecio, por parte del resto de gentes de toda la geografía española, y no digamos andaluza. La creencia de ser los más graciosos, los más ingeniosos, la seguridad de tener que ser tratados como iconos de la región y/o el país, los excesos y abusos verbales que acostumbran a esgrimir, todo apreciado por mí en persona en más de una ocasión y en diferentes situaciones, hacen que no sean muy bien recibidos cada vez en más lugares.

Allí, coincidencias del puente anteriormente mencionado, estábamos un grupo de Málaga, tres personas de Almería, nosotros dos de Granada y los “miarmas” protagonistas. Todos veíamos la discusión desde el punto de vista del dueño del local y a todos nos parecía excesiva la insistencia del sevillano que perdía todos sus argumentos. Como la paciencia tiene un límite, y yo en escenas así, y más tras bastantes minutos aguantándome, no puedo callarme, le pedí al “señorito” de vaquero de marca, pelo engominado aunque ya digo que escaso, camisa y chaqueta de Cortefiel y zapatos castellanos impolutos, le pedí, repito, que dejara ya la repetición constante de algo en lo que no tenía razón y permitiera al reclamado poder seguir con su trabajo, que no era otro que atendernos al resto que allí esperábamos a que a él le diera la gana de zanjar el tema.

El caso es que el pobre gilipollas se creería que iba a tener apoyo del resto de clientes, que lo tendría si motivos tuviera, y al verse discutido me intentó mandar callar, junto a su fiel compañera, la cual aprovechaba la corriente feminista reinante en los tiempos que corren para hacerme todo tipo de aspavientos y elevar el tono de voz hasta donde quisiera, segura de que su condición de mujer la tenía protegida. El caso que los pudientes “señores”, de imagen impecable, quedaban como dos tiesos rastreros caprichosos a los que no se les había concedido su antojo de salir de allí por encima de todo el que ellos crean conveniente. Incluso, el muy cobarde, desde la puerta de salida me gritó un “vete a la mierda” que fijaba la alcurnia y pelaje de este tipo de personas, no yendo la cosa a mayores por no darle el día a mi esposa porque ya, una vez caliente, me gusta no dejar las cosas a medias. Pero bueno, sólo con pensar que volvería a “su Sevilla”, de la que ojalá salga poco, con alguna cana de más me doy por conforme.

Y es que hay muchos gilipollas sueltos. Y perdónenme la expresión.

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