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La fiesta nacional

El largo y duro camino de la democracia: «donde dije digo, digo Diego que estos tarados no se enteran de la misa la media y encima nos defienden a capa y espada como si les fuera la vida en ello».

Festejamos y aplaudimos la fiesta de la democracia, una gran corrida en toda regla. Con picadores, banderilleros y distintos himnos según el color que toque a modo de pasodobles amenizan la faena mientras se torean las esperanzas de los cornudos de siempre, los que caemos rendidos y humillados ante sus pies para que luego rematen la faena con una estocada certera justo encima de nuestro morrillo o en el célebre rincón de Ordoñez en el mejor de los casos y que hace la muerte más rápida, mientras el aplauso enardecido del soberano inunda las gradas del hemiciclo.

Cantemos bajo el sol de nuestra España de pandereta, de vencederos y vencidos, de caudillos, monarcas, republicanos, curas, médicos, maestros, señoritos, santos, inocentes, quijotes y el tonto del pueblo, ¡qué gran cortijo abriga la piel de toro!

Pero eso era la España de antes, la de ahora es bien distinta, ¿o no? Nos hacen creer que hemos avanzado mucho pero sigue habiendo vencedores y vencidos, envidias, recelos, rencores, diferencia de clases y no nos queremos enterar porque estamos saturados de tanta «información» y de tanto listo e iluminado; parecen estar librando aún la guerra de la vergüenza de los que sí la tuvieron y supieron seguir adelante porque, acabaron comprendiendo que en una guerra nadie gana, todos pierden y aquí parece que lo único que importa es ganar un trozo del goloso pastel.

No puedo defender ningún color político porque no me siento identificado ni representado por ninguno. Yo no quiero banderas y se empeñan en tenerlas porque, por encima de todo, siempre están ellos y conviene mantener la crispación. Habrá excepciones pero sabemos que las excepciones apenas cuentan.

Sigue habiendo censura; sin comerlo, sin beberlo y sin haber vivido el pasado al que se aferran con ahínco, rabia y saña te pueden tachar, de la noche a la mañana, de facha, rojo o comunista, obviamente, en el sentido más despectivo de la palabra. Y es que hay mucho susceptible suelto, los sentimientos están a flor de piel y lo más recurrente siempre es mirar al pasado pero, no para aprender y no repetirlo, sino para usarlo como arma arrojadiza. El insulto, el desprecio y la falta de objetividad son el deporte nacional entre tanto listo e ilustrado jovenzuelo o viejo resentido.

Me encanta mi país pero, queda tanto por hacer que realmente es un mundo de posibilidades infinitas donde todo puede pasar mientras los turistas se pasean por nuestras calles repletas de encanto y de historia mal contada.

Realmente a España no la gobierna ni Dios pero, ¿qué puede importar más que una caña bien fresquita después de romperte el lomo a trabajar por levantar el país y pagar a tantos que viven del pasado y del cuento y encima defenderlos en la barra de cualquier bar?

Ya está bien de mal meter y mal contar porque todos parecen tener la razón y la verdad absoluta. Que no nos separen los de siempre porque, al fin y al cabo, tu hermano es el vecino más cercano y ni uno ni otro merecen «el paseíllo» que se empeñan en no cerrar a cal y canto, tirar la llave y no para olvidar, sino para dignificar a los que parecen haber muerto en vano por cómo está el patio, su patio.

¡Viva España o 17 vivas lo que sea! Lo único que quiero es vivir y que no me sigan toreando que, según los más progres y ultra defensores de todo lo defendible, la fiesta nacional ya es de otra época pero a mí me siguen picando, poniendo banderillas y, cuando menos me lo espero, me ponen los cuernos y me acaban dando la estocada. ¿Adivinas quién dará la vuelta al ruedo con tus orejas y tu rabo entre sus manos?

¡Viva el pasodoble español y la madre que nos parió que la fiesta nacional está en su máximo esplendor! Quieren eliminar los toros y es verdad que el animal no se merece sufrir. Ahora, a ver si conseguimos que también se apiaden de nosotros y nos dejan de torear. Igual, para que nos traten con más respeto nos tengamos que poner a cuatro patas que, a estas alturas de la corrida, es lo único que nos falta.

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