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A mi alcance

¿Qué esperabas que sucediera, madre? Ahora la tienes frente a ti, como tuviste a nuestro padre en su momento: frío, oscuro y con la cara seria. Yo miro a mi hermana ahí, y a diferencia de mi padre, que reflejaba cansancio y vejez, veo en ella tranquilidad por algo que llega a su fin. No pienses mal de mí, madre, por sentirme relajado de su partida, ella estaba demasiado cansada, me conforta saber que ella no sufrirá más. No lloraré como lo hacen todas las personas en estas situaciones, me parece mejor brindarte mi apoyo y fortaleza ahora que sí puedo, porque de niño te fallé en eso. Mi conciencia está tranquila, sin remordimientos, porque ¿qué más se podía esperar de un niño al que se le ha muerto su padre? Lloré como mi hermana lo hizo, lloré como usted lo está haciendo ahora y no pensé en la madurez que mis tíos y otros parientes esperaban de mí. Pero ya no desgastes más tus ojos, madre, te dolerá la cabeza, tu falda ya se ve húmeda por las lágrimas. Sabes que a ella no le hubiera gustado verte así. Verse, lo que siempre nos ha importado a las personas, “ahora eres el hombre de la casa”, me dijeron desde que nuestro padre murió. Entonces yo me esforcé por verme y sentirme como un verdadero hombre, pero un niño de diez años no sabe lo que es ser un hombre, menos si no está su padre para enseñarle.

Rezas igual que en años atrás, agarrando el rosario como si de la mano de Dios se tratara y la acaricias con el cuidado que un niño se merece. Siempre has rezado así. Lo hacías para que mi padre se curara, luego para que no sufriera, y al final para que su alma se fuera al cielo. La mayoría de las veces lo hacías sola, pero desde que supimos de la enfermedad de mi hermana preferiste que alguien rezara contigo, que bueno que no contaste conmigo, sabías que terminaría decepcionándote. En ambos casos, le prendías veladoras a un santo a ver si te hacía caso, cuando fue para mi padre ponías a mi hermana a hacerlo junto a ti. Para rezar por ella, yo te dejaba sola, estoy seguro de que no me guarda rencor, ella siempre supo cómo era yo, lo hubiera visto como una hipocresía de mi parte. Aún pienso lo mismo que pensaba cuando las veía hacer esas cosas: ¿para qué rezan tanto, si el yeso no tiene orejas?

Me cansé de verte sufrir cuando yo era un niño, madre, por eso crecí decido a convertirme en un hombre reacio, duro en carácter y sentimientos, para protegerlas a ti y a mi hermana, la escuela de derecho terminó por forjar y unir todo eso en mi. Yo pensaba defenderlas de las cosas que se encontraban a mi alcance, problemas mundanos como alejarlas de malos hombres, ayuda en el trabajo físico, sustento económico y desmentir las habladurías que las otras mujeres hicieran acerca de ustedes. Pero en la vejez y en la enfermedad no puedo hacer mucho, incluso el dinero parecía insuficiente, no porque fuera un problema conseguirlo, sino porque no importaba cuánto invirtiera, todo era inútil.

Claro que es difícil ver a tu madre envejecer, su fragilidad crece, pero duele más ver a tu hermana ganarle a una anciana en cuanto a delicadeza se trata. Yo esperaba que ella me cuidara al final de mi vida, pero uno no sabe las vueltas y tropiezos que trae el futuro. Ahora a mí me tocó verla palidecer, magullarse como una fruta muy suave, que su cuerpo adelgazara como el de una vieja. Llorabas tanto, madre, y le rezabas hincada al pie de su cama, y yo veía que eso le dolía mucho a mi hermana, más que su enfermedad. Yo me sentía un niño nuevamente frente a estas escenas, pero me tragaba las lagrimas como la medicina más amarga, sentado en el mismo cuarto, dándoles la espalda. Mi hermana no necesitaba abrir los ojos para darse cuenta de que yo estaba ahí, y mi madre entre tantas lágrimas no veía el dolor y la tristeza que le provocaba verla allí hincada. “Me reza como si yo fuera un muerto” me confesó una vez, desde entonces sacaba a mi madre del cuarto de hospital cuando llevaba mucho rato con su letanía. Ella, desde su cama me lo agradecía, porque podría descansar sin remordimientos. Lo bueno es que ahora no tiene que verte llorar, ni a ti ni a las señoras que rezan su rosario alrededor de la caja, ni a los otros dolientes que no saben qué hacer.

No saben qué hacer, como yo cuando la enfermedad de mi hermana empeoró. La cambié a hospitales más caros para recibir tratamientos especializados, se veía cada vez más cansada, los rezos de nuestra madre no funcionaban  y ella no se daba cuenta. Llegó un punto en que ya no podías recibir visitas tan frecuentes, hermanita, no ha pasado mucho tiempo de eso. Entonces nuestra madre rezaba en la casa, la hubieras visto, frente al mismo santo de siempre, descarapelado. Puedo jurar que ese santo ya se veía cansado de escuchar las mismas súplicas, así que una noche le rompí las orejas sin que ella se diera cuenta. Fue el único gesto amable que tuve hacia la figura. Te estarías riendo de esto ahora, y mi madre me regañaría, pero sin la misma furia de antes. Sí, preferiría que me regañara, decirle: “Madre, he roto tu santo. Siempre me ha parecido horroroso.” Y que volteara un minuto a ver a esa vieja figura, que llorara porque la he roto, y no porque tú estés frente a ella ahora, sin ser su cómplice, para que me dijeras: “Tan grandote y te traes esas cosas.”Pero ya nunca dirás nada.

Las viejas siguen rezando, seguramente han perdido la cuenta de los misterios y de las bolitas del rosario, yo sé que no has rezado nada, madre. Siento cómo tus hombros tiemblan debajo de mis manos, y sollozas de la misma manera que María hizo con Jesucristo, al menos eso fue lo que siempre nos contabas a mi hermana y a mí. Las viejas siguen rezando, como lo hacían cuando tú las congregabas en la casa a rezar por mi hermana. Sus voces antes eran firmes, ahora son tristes, alargan el tiempo lo más que pueden, parece que cavan un pozo invisible alrededor de ellas con cada Padre Nuestro.

Nunca olvidaré la tranquilidad que se veía en tu boca  cuando supiste que ya no había marcha atrás, y la certeza en tus ojos, una seguridad que daba miedo y respeto. Ese día tuvimos la oportunidad de visitarte por más tiempo.

—Ya me siento mejor, mami —le dijiste a nuestra madre, como si fueras nuevamente una niña. Y tomaste su mano, cruzada por venas, en forma de una promesa. A ella le brillaron los ojos, llenos de esperanza y mil ilusiones por delante

—Te la encargo mucho —me dijiste cuando mi madre y yo nos íbamos.

—Tenlo por seguro que sí —te contesté, lleno de seriedad. Tú sonreíste orgullosa y te despediste agitando la mano, yo hice lo mismo. Igual como lo hacíamos de niños. Al final, moviste la boca para decirme “Adiós”, pero sin la intensión de que se escuchara, sólo yo pude leer tu despedida.

Recuerdo que estabas muy emocionada, madre, acomodando el cuarto de mi hermana para cuando ella regresara.

—Madre, no te desgastes tanto, por favor —te dije, parado en la puerta del cuarto. Debí hacer algo para que tu emoción no creciera tanto, para que el golpe no te doliera tanto, porque esas palabras de mi hermana te emocionaron mucho. Pero si ella te hubiera dicho otras, estarías más deshecha que ahora. Quizás no querrías ni llorar.

—¿Cómo no, hijo? Si todo tiene que verse bonito para cuando regrese tu hermana.

No quise contestarte nada, lo tomarías como una falta de respeto. Y entonces el teléfono sonó.

—Ya voy, ya voy —gritaste llena de vida, mientras alcanzabas el aparato. —¿Diga?

Te escuchaba sin moverme de mi lugar, oyendo los garabatos que salían de la bocina del teléfono. Ni siquiera te molestaste en colgar bien, sólo te dejaste caer. Lloraste más de lo que estás llorando en este momento. No puedes más, porque lloraste mucho antes de que ella se muriera, y espero que lo que estés sacando ahora cuenten como mis lagrimas.

¿Qué más esperabas, madre? Era la única salida que quedaba, y ella la eligió. Vi esa certeza en sus ojos el día de ayer, que te dijo que se sentía bien. Fue inevitable, como lo es que todos nuestros familiares y amigos vinieran cuando se enteraron de la noticia. Esperan apoyados en las paredes, o junto a mis libreros, viendo las fotografías colgadas o al suelo. Miran a cualquier lado para evitar verla a ella, en su caja brillante, más tranquila que todos nosotros. Quisiera decir que todos lloran, pero se nota que ya se esperaban un final así. Yo sé que no te importa si ellos lloran o no, lo único que importa ahora es tu propio sufrimiento de madre, que es más grande que cualquier otro porque no es natural. Serías feliz estando en su lugar, pues es lo normal que los hijos enterremos a nuestros padres, pero la vida no te dejó morirte antes.

Las ancianas rezan como si de eso dependiera que se les quitara el hambre, pero deben detenerse porque ha llegado el coche fúnebre. Ellos se la llevan, y nosotros seguimos su paso en nuestros coches, yo manejo y tú vas sentada junto a mí. Sigues hecha un ovillo tembloroso. El camino al panteón me hace sentir como una lagartija bajo el sol, me daba sueño, pero eso no se admite en estos casos. Y allí está ella, en su caja brillante, ya no podemos verla porque la han cerrado. Hay un pozo en la tierra, con una anormal forma rectangular, la naturaleza no lo hubiera hecho tan perfecto. Todos dijeron algunas palabras que creyeron congruentes para despedir a alguien, para despedir a una hija frente a su madre. Después de eso di la señal para que comenzaran a bajar la caja, entonces la gente lloró de verdad. El ataúd se deslizaba hacia las profundidades y mi madre gritaba con todas las fuerzas que su cuerpecito le permitían.

—¿¡POR QUÉ?! ¿¡POR QUÉ?!

Es lo único que dice. Yo sólo puedo rodearla con mi brazo, siento como si le arrancaran la vida del cuerpo en estos momentos. La veo, rodando a alguien que ve en lo alto, miro mis manos, me siento agotado por dentro, pienso que muchas veces nuestra voluntad no es suficiente. Dios tampoco lo es.

One Comment

  1. Daiana Daiana 25 abril, 2020

    Hermooosoooo!!!!

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