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La desconfianza adquirida

El objetivo de una vacuna no es otro que generar anticuerpos suficientes y efectivos para impedir el desarrollo de una enfermedad en un ser vivo, dotarnos de unas defensas competentes contra un virus o bacteria patógena que pudiera invadirnos. Esto nos aporta una confianza para garantizar nuestra calidad de vida frente a esas posibles agresiones. Todo esto dicho de forma muy general.

Reconozco que, como buen latino, mi carácter es
extrovertido, alegre, cercano en el trato y conversación. No soy de dar la mano
a mis amigos, a los buenos amigos, cuando los veo. Me gusta más, y ellos lo
saben, el abrazo, el apretarlo un breve instante contra mí, intercambiar
energías positivas y demostrar aún más el aprecio de esa manera tan simple. Que
nadie se asuste, que con las mujeres sí suelo ser más comedido, más caballero y
respetuoso, aunque también con mis más allegadas me gusta intercambiar dos
besos en ambas mejillas que viene a ser, en versión “light”, lo anteriormente
transmitido con los varones. Tampoco a todo el mundo lo trato de esas formas.
Si nos acabamos de conocer, la mano estrechada con moderación y una sonrisa vienen
a ser una formalidad más que suficiente para agradar al presentado.

Todo esto viene al caso del estado de confinamiento
prolongado en el que estamos inmersos. La alarma y daño social que ha generado
va a provocar bastantes efectos secundarios cuya duración puede hacer aún más
penosa la recuperación de la normalidad. A las miles de personas que faltarán,
a los problemas económicos que tendremos que afrontar todos, a los posibles
altos y bajos en los “picos” de contagio que presumiblemente vendrán aún, el paro,
depresiones y bastantes cosas más, hay que sumar un aspecto que me parece
crucial en la “remontada” que nos toca hacer. De esta pandemia iremos saliendo
con unos niveles críticos de desconfianza adquirida, de aprensión hacia cosas,
acciones, rutinas anteriores, incluso personas, antes impensables. Seremos
presos de nuestros propios miedos, escrupulosos hasta aburrir, incrédulos con
todo, aflorando el recelo en toda propuesta. Pondremos en duda lo que vayamos
incorporando como extraordinario a la disciplina férrea que nuestro aislamiento
nos ha instruido. Estará en nuestra “cuarentena” particular lo que era rutina
habitual. Nos costará hacer familiar y nuestro los comunes “modus vivendi” que
tan arraigados y asumidos teníamos.

Este virus nos ha mal inmunizado contra la confianza, a nuestro pesar. Comentaba en mi segundo párrafo algunas de mis prácticas habituales que esta desconfianza adquirida amenaza con modificar. De pronto el miedo atenaza y amenaza una forma de entender la vida como yo y mucha gente tenemos. Ahora mismo, a día 05.04.2020, no nos entran en la cabeza esos abrazos, esos besos, ni siquiera el choque de manos. Hay demasiado respeto, con razón, pero me cuesta hacerme a la idea de no poder expresarme como soy. Se me hace impensable cumplir muchas de mis aficiones y prácticas más usuales, muchas de ellas necesarias para mantener el equilibrio emocional que me hace mostrarme abiertamente al resto, sin coartaciones de ningún tipo.

Recuerdos en la barra de un bar con la familia, con amigos,
o apretado en salas de conciertos que tanto me gustan. O simplemente en un cine
o en una exposición. La playa en verano o las casetas en feria, el fútbol en
Los Cármenes o el vestuario de mi peña de los domingos. Restaurantes, centros
comerciales, procesiones en las calles del centro o la despedida del año en la
Plaza del Carmen. Volveremos a ello, no quepa duda.

En todo este “renacimiento” debemos tener la cabeza fuerte
para normalizarlo y recuperarlo en nuestro día a día. Tardará, sí, y miraremos
diez veces el interior de los sitios antes de entrar, igual que pensaremos
otras tantas antes de actuar, de palpar, oler o saborear.

Y volveremos a entrar, a disfrutar de una caña servida por
un camarero, conocido o no, que nos la pondrá en un vaso en el que confiaremos.
Y entrará un amigo con el que chocaremos nuestros cuerpos buscando su calor,
tropezando con el de al lado que nos devolverá una sonrisa entendiendo la
situación. Y hablaremos maravillas de la tapa compartida seguros de que todo ha
vuelto a ser como era.

Y pasearemos por nuestras calles, de la mano de tu pareja o
con la sonrisa de quien te quiere y puedes ver sin límites. Y recuperaremos
tantas cosas olvidadas que la vida se nos hará de otro color.

Pero cuanto antes cumplamos las normas antes podrán
obtenerse las garantías para lograrlo, para comenzar a vencer la desconfianza
adquirida que, al igual que ha entrado en nosotros, debemos de ser capaces de expulsarla.

No sé si nuestras prácticas cambiarán, si serán otras. Yo
sólo espero volver al nivel de relaciones, de emociones, de vivencias
compartidas, de saludos cordiales sin miradas de duda. Yo sólo espero que la
vida salte este paréntesis de muerte para volver a ver su cara accesible, con
sus exigencias y sus compensaciones, con ratos buenos y otros no tan agradables
que hacen que sea tan maravillosa.

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