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MAYONESA Y CHOCOLATE

   Clarita Picón me cogtó el gabito, pobre peguito cómo llogaba pog su gabito. Parece broma, la estúpida cancioncilla del borracho que sueña con mares lejanos y mujeres cercanas, antes de pedirse la última. Pero no, Clarita, todo carácter, mujer de una sola pieza, hizo uso de la podadera para cercenar el clavel de mi entrepierna. Zass. Fue sencillo, al parecer. Yo dormía como un tronco en la azulada estancia de los amargados (así llamábamos al dormitorio sin puertas de la pensión, que invariablemente ocupaba el último que llegaba a dormir). Entró sigilosa, enamorada y con los celos a flor de piel. Según me contó Juanito, testigo increíblemente pasivo de los hechos, se sentó al borde de la cama, y realizó una extraña ceremonia de vudú con una zanahoria atravesada de alfileres. Fue fácil, demasiado fácil, aquel candomblé del diablo. Acercó sus labios rojos y me besó, primero en la boca, y después, lamió la caperuza de mi nazareno con enfermiza glotonería. Se adivinaba a la legua que lo tenía todo controlado. Me extrañó la pasividad del bruto de Hortaleza, según me confesó después, no podía interferir en cosas de amores. Eso lo tenía tan bien aprendido como el catecismo. Puto Juanito…Yo debía estar soñando con el zòcalo moreno de alguna dominicana de mucha chicha, una de ésas que pueblan las esquinas de Velarde y Gravina, buscándote chupar la sangre como vampiresas de ébano. Al parecer la cosa en cuestión parecía un menhir en medio de un océano de sábanas revueltas, y justo ahí tenía que intervenir la Clarita como una gata en celo.

   “Cielito mío, este monstruo que te posee, y que parece un dominico tan alzado cantando misas y motetes, míralo calvito con sus venas y pellejos parece la calva de un santón, éste no volverá a predicar en ningun claustro. Valiente cabronazo, duerme y dispárate al infierno. Palabra de Clara Picón. Por mis muertos.”

   Su sabiduría de mujer caribeña y terrenal hizo el resto. El ataque duró un segundo, justo un lapso de tiempo que me pareció irreal. Regresé del sueño en medio de un mar de sangre tibia. Sólo recuerdo la luz hiriente de sus ojos admirando su tributo. Y es que mi miembro parecia un polluelo sin cabeza, correteando por su mano antes del último estertor. Hermosa escena plagada de insultos y de “chico, no te muevas, que ya sé yo que esto duele. No es la primera faba que me como toíta, ni será la última…” Dolor, todo. Recuerdo su risa de actriz enloquecida, con el jilguerito en la mano, y cómo me aferré al cabecero de estaño de la cama antes de desmayarme.Por alguna extraña razón recordé el amargo capítulo de una tal Lorena Bobbit que, en un arrebato similar de celos, repasó el cipote a su pareja con la técnica expeditiva de “haute coiffure parisina”.

   Mayonesa y chocolate, mayonesa y chocolate… Según Juanito no cesaba de resoplar, aventándome el flequillo, mientras los sanitarios del Samur buscaban un trozo de carne por debajo de la cama. No sé, la he visto tirarla por ahí… decía el muy cretino. Por ahí, por ahí, busquen.. Tiene que aparecer, ¿Oiga, se lo podrán coser en el quirófano, verdad? Mayonesa y chocolate, la canción que me acompañó como una viuda fiel en la ambulancia. Más tarde caí en la cuenta de que aquellas dos palabras no formaban parte del delirio de un castrado. Mayonesa, cuando tocaba invertir en una blanquita; chocolate, entonces era el turno para alguna mulata de las calles. Siempre estaba comiendo, hasta que Clarita decidió, por cuenta propia, someterme a un estricto régimen y mandarme al purgatorio de los neutrales. Valiente hija de puta.

   Priscilla Presley, con su batita blanca y sus manos de algodón, me iba repasando con gasas y betadines el cráter de mi vergüenza. Bajo la luz cegadora del quirófano, yo la sentía escarbar como un escarabajo pelotero en busca de su alimento. Quizá debieron aplicarme menos anestesia de la necesaria, lo cierto es que conservo la película intacta en mi cabeza. Un médico con mascarilla verde de cuatrero se acercó al asunto y, recuerdo que dijo, esto tiene muy mala pinta. No creo que vaya a ser posible implantar el pene. Demasiadas ramificaciones dañadas. Además, qué carajo, vean este rabo dentro del frasquito, yo diría que está lleno de pelusas, vean, vean… La madre que cagó a ese Hipócrates de mierda, pensé. En mi condición era indispensable la cortesía, además no me encontraba con fuerzas para levantarme de mi ataúd sanitario y darle un par de hostias para aplacarle esa ironía de viejo mordaz. Me limité a contar hasta diez, y luego tatareé mi mayonesa como queriendo dormir aquellos minutos de sufrimiento infinito. Pero había otra cosa, dos cosas, que cruzaban mi limitado camino de visión. Aquellas tetas hiperbólicas de Priscilla Presley, que amenazaban con hacer estallar la crucecita sanitaria de su uniforme. Qué torrente de mujer, me dije, te cae como un agua del cielo para despabilarte unos deseos que parecían dormidos. ¿Pero cómo coño iba a empalmarme? ¿Con un cirio adherido a las pelotas? Podría encender incluso la velita en noches de juerga y ponerme a trampear con las mulatas de Malasaña. Oración y castidad, hermanos. Desestimada la soldadura de la pieza, se acercaron dos enfermeras más y un médico joven salpicado de granos y verrugas como un cíclope haciendo su MIR. Todos vieron mi desnudez incompleta, el simio yacente sin rabo, y hasta creo que aplaudieron como si estuvieran en la platea del infierno. Cabrones. Después, recuerdo al viejo, armado con espátulas y bisturíes, raspando la zona cero, cosiendo a punto pelota los empalmes arteriales y colocando una bonita cánula accesoria, último modelo, que, si bien en ese momento no podía admirar, iba a ser mi compañera inseparable de saraos en el futuro. A mear y a follar con una puntita de plástico. Qué bonito. Seguro que las mujeres hacían cola para ver mi nueva ídem. Joder, ponerse chistoso en medio de la tragedia es como sintonizar en la radio un partido amistoso mientras caen bombas del cielo. La gente huye despavorida, pero tú sólo estás pendiente de si el nuevo fichaje va a hacer gol. El caso es que se me hacía larga la espera en aquel cadalso horizontal. Cosieron, repasaron, soldaron con sopletes sanitarios , yo qué sé. Me veía con el nabo itinerante volando por el quirófano como un angelito despechado, y tratando de buscar la cueva de mi Priscilla, que seguía afanada en su papelón de tome, doctor Santos, el bisturí del cuatro. Después, no recuerdo durante cuánto tiempo, me colocaron sobre mi lado izquierdo. De este modo ofrecía mi culo a aquella panda de sátiros con licencia para matar. Me introdujeron una manguera de riego, sería para sanear el jardín de mis tripas, supongo. Cerré los ojos, los tres, no podía soportar más aquella matanza de mi dignidad, y sentí el guante del viejo dilatándome el ano con la pericia de un verdugo. Recordé cierta noche en que metí la pata, una noche de Navidad, yo metí la pata con un asunto de niñas venidas del Este, ucranianas o algo así, y a me me metieron otra cosa unos moros de Larache que controlaban el mercado. Era por una caucásica que reventaba la nieve de su país con sólo verla. Mayonesa, mayonesa… Pero ésa era otra historia. Después de la sodomización clínica me envolvieron en sábanas y frazadas. Parecía una momia embalsamada que fuera a salir volando para posarse en el vértice superior de unas pirámides de cartón piedra. Un gilipollas con la sonrisa helada, eso era yo,  mientras recorría los boxes del hospital como un piloto de Fórmula I, intentándose tocar por debajo para descubrir qué había… No había nada. Habían resucitado a un muerto para convertirlo en un eunuco de los bajos fondos, mira qué bien. Lástima que fuera demasiado tarde para iniciar una vida de éxitos en la ópera. El castrati de Velarde, obra en Re Mayor para proxenetas y demás tropa de aluvión. Oh, sole mío, cómo dolía la vida sin mi otro yo. Ni los pirulos, ni las caderas cimbreantes de las enfermeras que bailaban con extraño ritmo mientras me administraban mierda en vena, nada podía calmar mi desdicha. Necesitaría armarme de paciencia o cargar la magnum para darle sentido a mi vida. Algo había que hacer, no podía limitarme a echar un vistazo todas las mañanas para ver a los demás moverse en el mundo de los vivos. Aquello se estaba volviendo irrespirable, había que abrir ventanas o abrirse las venas… Juanito, gusano de mierda, por qué no detuviste la mano de Clarita. Otro gallo cantara..

   La mística de verme reflejado en todos los espejos me persigue desde entonces con resignada ironía. Si entraba al cuarto de baño y me bajaba los pantalones para aliviarme, sólo tenía ojos para acercar el culo al trono de porcelana y para verme proyectado en la luna del sanitario como un monstruo peludo de dibujos animados, sin el don de su identidad. Me sucedió muchas veces, después de salir del taller de costura. Recluido en la azulada estancia de los amargados, qué precisión para nombrar mi estado de ánimo, fumaba hierba y aspiraba polvo blanco como un macho cabrío, que buscara el perdón divino. Sólo me acompañaba la estantigua de Clarita Picón, agachada sobre una palangana de agua tibia, baldeándose el potorro con aires de reinona zafia. “Me lavo pa ti, mi amol. Sujetaba la jofaina como una sacerdotisa entregada a su credo y, por sus ojos, de una luz caducada y fría, podía ver yo la procesión del dolor que me acompañaría para siempre. El asunto resultaba bien sencillo. Era prisionero del miedo, todos los días, todos los minutos. En mi cabeza sentía el martilleo de su imagen capándome una y otra vez, y aquello era desesperante porque se repetía el dolor como una palabra puesta en la boca de un loco. Sabía de ella por Juanito, por alguna compañera de pensión, y no me cabía duda de que sus manazas estarían estirando la carne tierna de alguna periquita en la cárcel de mujeres. Pero allí la tenía, conmigo. Era una compañera inseparable. Me asomaba al balcón para ver la plaza Vázquez de Mella, y ahí estaba, posada en la ventana como una paloma dejando su cagadita. Juntos observábamos el cautiverio de los yonquis que arrastraban las cadenas de su infierno como extras de una película de zombies. Comía conmigo, sentada en el duro colchón de la estancia azulada. Parecía la priora de un infierno cercano repartiendo la sopa boba a sus novicias, Grandísima… “Sancocho y vinito, mi amol, cómete a Mahoma por los pies, anda, libra tu batalla con la vida aunque no estés enterito…”

  Sus pezones rodaban por mis ojos de lisiado como dos canicas de un juego deseable pero absurdo. ¿Cómo podía sentir el deseo? ¿De dónde sacaría yo para librar batalla si era un soldado sin armas al que se deja como vigía de una noche infinita? Sólo Juanito, el bruto de Hortaleza, me consolaba en aquellos días como un jarabe empalagoso. Volcaba la bolsa del negocio sobre la mesa de formica del dormitorio, y me comentaba los pormenores de la calle con su tremenda retórica de tartaja: “ To, to, todo está aquí, jefe. Sólo la Luci ha dejado dos días de tra tra trabajar por unas fi fiebres de mu mujer o algo así. Me lo lo dijo en la pu pu puerta de su casa cuando fui a ver po po por qué no se la veía el pe pe pelo en la esquina de Pez co co con Minas.” Que el trabajo fuera sobre ruedas me tranquilizaba. Al menos así tenía garantizada una agonía confortable. Nos bebíamos Juanito y yo en aquellos días toda la sangre del infierno en aquellos tetrabricks de vino peleón, que subía del puto chino mandarín de la esquina. Recostados sobre la pared desconchada de la habitación, trazábamos planes de futuro, más que nada por pasar el rato y para que ese hombretón no se me pusiera a llorar como una colegiala que ha perdido su carpeta repleta de pegatinas y condones de mil sabores. Borrachos como húsares del zar nos atrevíamos a retar al gitano Ramón por lo del menudeo y las chicas. Todo el negocio para nosotros, amigo, le decía, con un par… Porque cojones , ya sabes, como los del caballo de Esparteros, me sobran. Son como sacos terreros vacíos,pero ahí están, marcando territorio, por la gloria de la puta madre que nunca he conocido. Mi lugarteniente, espoleado y eructando el serrín de sus pulmones negros por la vehemencia de mis palabras, iniciaba la danza del oro. Tal bailecito consistía en arrojar treinta o cuarenta billetes de cincuenta euros por los aires para recogerlos como una serpiente arrastrada, con la boca, y volverlos a guardar en el bolsillo de su chupa de cuero con la precisión de un manco enloquecido. Así pasaban los días, y así se velaba mi destino ennegrecido por el hollín de la mala suerte. Cada vez resultaba más doloroso cantar mayonesa y chocolate…Veía yo tan alejadas a las mujeres , que mi corazón rumiaba una pena infinita. No volví a a dormir, y es que mi sueño cerraba el círculo de la mala suerte como un compás despuntado…

   Desde las oquedadres de mi ser, sintiéndome un ave carroñera, ya sólo me quedaba la triste aventura de reconocerme como una piedra en un paisaje yermo. Sólo podía esperar la luz de un nuevo día como quien aguarda un navajazo por la espalda. Todas las mañanas, sin excepción, me despertaba con una mamada de Clarita. Era una imagen estúpida, ver sus dientes cortando la caña de azúcar entre mis muslos como una esclava a tiempo parcial, me situaba en el lado oscuro de quien carece de nombre. Digamos que aquél era un sueño recurrente antes de dar los buenos días a la tristeza. Mi pijama de rayas verdes y grises, el azul índigo de la pintura del dormtorio, el orinal de plástico omnium donde desembocaba como un triste afluente mi cánula… Todos los objetos me perseguían como lobos tratando de cazar una sombra huidiza.

   Hay un un silencio sin color, neutro, que escupe veneno en la soledad como una víbora sigilosa. Pero también hay un silencio que parece un álbum plagado de fotos con todo el cromatismo y el drama que se intuye en el personaje retratado en días de sol. Es un brochazo sin palabras que te baja desde la frente como una sanguijuela roja, y te succiona la vida , poco a poco, mientras bebes y vives y ríes. Éste es el peor silencio, la gamuza que te limpia para prestarte sólo los recuerdos más sucios y dolorosos. Ya estaba harto, dos meses después de la poda, de comer, ver porno en el VHS que custodiaba Floren, el casero de nuestro cinco estrellas y media, harto de peregrinar por el pasillo, descalzo y con la bolsita amarilla de mi vergüenza, harto y más que harto. El mundo se dividía en dos. A un lado ,todo; al otro, yo con mi colita de plástico haciendo reverencias a las mujeronas que subían meneando el culo acompañadas de sus clientes. Bien podría ser el conserje de sus puertecitas húmedas, pensaba en mis adentros con retranca. Serviría incluso para darles toallas y sábanas limpias en cada servicio. Inserción en el mundo laboral…  Eso le llamaba yo.

   Marga Cremades era una pulga ociosa, picoteando siempre en las pelotas de Juanito Expósito. Nacida en el belén gris de Orcasitas, puta y licenciada desde niña, administraba la riqueza de mi amigo con una exquisita técnica de hembra devoradora. Cualquier billete que pudiera mostrar el chulo se lo introducía por la ranura del coño como si de un cerdito hucha se tratara. Era muy ahorradora, la Marga. Secuestraba la voluntad del don pin pam , contándole milongas del día de mañana. Hay que ahorrar, bicho malo, pa la vejez. No me vengas a tocar los cojones, que estos mil los guardo yo a plazo fijo en la figa… Era una banquera aventajada, la Koplowitz de la calle Almendros, la llamaban, dulce y férrea como una broker sin escrúpulos. Tú me comes el mondongo, amorcito, y yo te doy esta libreta de ahorros, así de simple. Las cuentas no engañan, Juanito. Soy tu monte de piedad, tú me das, y yo te saco renta y color como sea. Mi compañero, recuerdo, me contaba una y otra vez la misma historia. Yo le decía que tranquilo, así son las transacciones, chico. Lo tomas o lo dejas.Apoyado contra mi hombro, moqueaando como un inocente expulsado del paraíso, me relataba con voz solemne y atropellada los episodios sentimentales de su vida, episodios salpicados de luces y sombras. Era su propia novela de amor. Ni para tabaco le dejaba la Cremades. Le ponía morritos de entidad crediticia y le daba una patada en el culo. Pero después de dieciocho años, de segar y replantar aquella siembra húmeda de su vientre, no tenía mejor fruto que llevarse a la boca. La amaba, y las cosas del querer eran así. Y él por amor, por el deseo hirviente que le rebosaba como una olla puesta al fuego, callaba. Pero cuanda callaba, otorgaba. Que se lo dijeran a la putilla de Reyes número quince, siempre ante el portalón viendo subir los coches de plaza España. La plusvalía de su vicio la llevó a guardarse en el triángulo del tanga algún billete, sí, cien o doscientos euros, la tía que parecía estar haciendo yoga dentro de los coches mientras soldaba con la lengua la imaginación de los clientes. Toma, por puta… Ya sé que puta eres, lo sé, pero a mí nadie me putea. Eso sí era otorgar por parte de Juanito. Ponía cara seria y, mientras se sujetaba los güevos, le soltaba a la infeliz una bonita historia de… Te pago ahora mismo una excursión a Valdemingómez. Me lo das todo, o vas a hacer un tour turísticos en esos contenedores amarillos de la esquina— Sí que tenía su genio Juanito Expósito. Pero era todo por su entrega incondicional al negocio. Un verdadero profesional sin fisuras…

   Yo apreciaba a Marga Cremades. Sé que le chuleaba el parné a Juanito, pero la visión de sus tetas como orquídeas gigantes, y esa risa deshilachada de su enorme boca, me hacían sentir por ella una simpatía inexplicable. Era de mi estirpe, bien lo sabía. La vida le había impuesto el rigor de las carencias, lo mismito que a un servidor. Sé que pasó por reformatorios, lupanares y casas de labranza por Ciudad Real para servir el pastel afeitadito y caliente a más de una peonada de campesinos. Nos sentábamos, almas gemelas, frente a la chimenea de su palacete-casa baja de Tetuán, y bebíamos pisco de un peruano muy loco que andaba por ahí vendiendo su alma por una papelina. Me sentía a gusto con ella. Además, era discreta como sólo las putas con pedigrí saben serlo. Nunca mencionó a Clarita Picón, nunca. Y eso que habían sido las Globe Trotters de la Ventilla en los ochenta, cuando eran jóvenes y formaban equipo para hacer circo y caja como dos ángeles caídos. Primero aparecía en escena la corta pichas, Clarita Picón, reina de Santo Domingo, vestida de zorrón plateado, meneando un culo negro de jabato. Arrasaba a los pajilleros del solar de Baracaldo. Luego cerraba el show, entre linternas y hogueras para avivar la luz, Marga Cremades, reina de Orcasur, botando aquí y allá sus dos balones de NBA y metiéndose un pepino en un culo abierto y hospitalario. Ale hop, y así se llenaban las bragazas con retratos del Rey. Mira chica, somos las mulatas más monárquicas de Madrid. Chocolate puro, cien por cien, diría yo. Eran una tableta tan apetecible que hasta los maricones que subían del camino de Francia se hacían pajas mientras las observaban bailar y comer rabos por dos mil del ala. Cuánto me hubiera gustado descubrir con Marga las fuentes del Nilo, pero por respeto a Juanito Expósito mi pájaro sólo alzaba el vuelo para anidar en la cueva grande y negra de la Picón. Hasta que pasó lo que pasó.

   A veces la risa se congela como un polo de hielo en las manos pringosas de un niño. A simple vista apetece morder la corola roja, qué bueno de fresa, y seguir y seguir, hasta toparse con el palo. Pero al poco tiempo descubres que te duelen los dientes y la garganta, que no has hecho más que chupetear un trozo de mierda uperisada con la vana ilusión de sentirte mimado por la vida. Eso, más o menos, me sucedía a mí. Tenía la emoción arrancada como un esqueje marchito. No me crecían flores, joder, porque veía la risa desdentada de Clarita Picón comiéndome el gusano como una caníbal de las Antillas. Era insultante. Yo estaba en mi isla, solo, angustiado, con la cojera de los náufragos que deambulan buscando algas y conchas marinas para prolongar una vida sin esperanza. Digamos que el aburrimiento sobrevolaba mi cabeza como un helicóptero sin hélices. Derechito contra mí. Hasta que sucedió lo de Ramón. Ese cornudo de sangre húngara, asentado como un jefe apache en mi territorio. Quiso jugar conmigo, y ya lo creo que jugó. Empezó por rajarle las tripas a Marga Cremades. Sucio labrador. Con una azada de campo le hizo cuatro cruces hondas que parecían los puntos cardinales dibujados en rojo. Un ataque cobarde, sin testigos. La pobre mulata, supongo, estaría contando los billetes del bruto de Hortaleza en su choza gris, y toma, aquí tienes la muerte como un regalito del patriarca Ramón. Hijo de puta… Al parecer no se tomó a bien que mis chicos expulsaran del purgatorio a toda su tropa de arcángeles vendemierdas. Se cargaban, los muy cabrones, el negocio con la sofisticada técnica de adulterar la mercancía al más puro estilo far west. Te meto polvito blanco, te meto polvito negro… Hasta que se me hincharon y apareció, como un mago sin chistera,Juanito y su corte celestial repartiendo donativos con navajas y alguna que otra pipa escondida en la tobillera.Tampoco había sido gran cosa, una reyerta en la penumbra, un par de costurones y poco más. Casi había sido para preservar la salud pública, pero estas cosas siempre erminan saliéndose de madre.

   En el entierro de Marga ya sabía yo que tenía los minutos contados. Quèdate en la pensión, me había dicho mi compañero, no seas Billy el Tocagüevos. Esto pasará en un par de días. Pero cómo iba a fallarle a una amiga. Me presenté en el cementerio conduciendo mi propio coche fúnebre, con una corona de rosas rojas y blancas. Parecía un hincha del Atleti, con mi carita de sufridor. Y entonces le vi asomar la papada, enfundado en su chupa de cuero brown, con su bastón de mando. Iba flanqueado por dos edecanes albaneses que mostraban unos dientes amarillos y ojos pelín canallas. Tras una lápida observé la mano del gitano Ramón afinándose el manubrio mientras escuchaba los rezos del cura y escupía como un surtidor de odio. Juanito Expósito lo vio acercarse. Venía hacia mí como un mulo perdido en medio de la noche. Un revólver negro y dos ojos con pólvora cruzaban el tablero de ajedrez del cementerio. Detuve a mi amigo con un gesto firme. Entonces recordé que el amor era un tema que nunca me había aprendido porque había faltado a todas las clases. Di por bueno el final de la historia. Quizá mi cabezota estaba aprendiendo una primera lección, y quise poner la otra mejilla. Clarita Picón, la veía, sí, claro que podía verla como si la tuviera ante mí. En aquel momento la nostalgia ponía en orden todas las cosas. Morí por segunda vez, sonriéndole a Ramón y dándole mi mejor perfil. Aquélla era mi arma más letal. Me fui cantando mayonesa y chocolate, pero el desgraciado no supo hacer bien su trabajo. Lo supe cuando observé alborozado las tetazas de Priscila Presley en una eterna sesión continua de cine porno. Amén.

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